El testigo se pasará este domingo en Montjuïc, de la Volta al Tour. No será un acto oficial, sino algo simbólico, en una ciudad que en menos de 100 días se entregará a la magia de la ronda francesa. El testigo se pasará este domingo en Montjuïc, de la Volta al Tour. No será un acto oficial, sino algo simbólico, en una ciudad que en menos de 100 días se entregará a la magia de la ronda francesa.
El testigo se pasará este domingo en Montjuïc, de la Volta al Tour. No será un acto oficial, sino algo simbólico, en una ciudad que en menos de 100 días se entregará a la magia de la ronda francesa.
A partir de ahora, Barcelona respirará un aire ciclista especial. Y muchos, puedo asegurar, estarán equivocados si creen que la llegada del Tour será un problema o un estorbo. Tampoco nadie puede entrar en pánico si durante un fin de semana -el resto de las jornadas no deberá haber problemas- no puede usar el coche como querría. No pasa nada por tenerlo aparcado y salir a pasear, mover las piernas o subirse a una bici para pedalear y acercarse a los lugares emblemáticos por los que pasarán los corredores del Tour el sábado, día 4, y el domingo, 5 de julio.
El Tour, por encima de la competición deportiva, será una fiesta, popular, democrática como decía esta semana en una entrevista publicada en este diario David Escudé, máximo responsable de toda la organización catalana de la prueba.
Quien escribe este artículo tiene la experiencia de haber asistido a 35 Grands Départs del Tour, dos de ellos en el País Vasco, San Sebastián (1992, en los nobles años de Miguel Induráin) y Bilbao (2023). Y me pueden creer si les aseguro que con el crecimiento lógico por el paso de los años que todas las grandes ciudades que han acogido el evento, salvo cuando se decidió llevarlo a un lugar pequeño y rural, algo que no sucede desde que se apostó por partir de la bella isla atlántica de Noirmoutier en 2018, centenares de miles de personas han desfilado junto a las vallas del Tour.
Barcelona no será distinto. Y no sólo por los visitantes que vendrán, sino por los propios vecinos de la ciudad, los que podrán presumir dentro de unos años que ellos estuvieron presentes y vieron el Tour en directo, como ocurrió hace tres décadas y media con la organización de los Juegos.
Aunque el Tour presume de un don especial con relación a los Juegos, salvo pruebas como el maratón o el triatlón, de creación posterior a la cita olímpica barcelonesa. La competición se vive en la calle, o en las carreteras por las que circulan los habitantes de la zona, tal como se vivirá en la etapa que partirá de Tarragona para llegar a Barcelona o en la despedida catalana del Tour, desde Granollers a Les Angles, ya en la Cerdanya francesa.
Así que, este domingo, los colores verdiblancos que identifican a la Volta, porque siempre han sido los propios de la Unió Esportiva Sants, entidad bajo la que se creó la ronda catalana, se teñirán simbólicamente de amarillo con una llegada muy cerca de la que recibirá al Tour y por el mismo trazado camino del Estadi Olímpic que acogerá el final de las dos primeras pruebas de la Grande Boucle. A las puertas del recinto se instalará la meta del Tour en julio. Y con el Tour, ya a finales de junio, regresará el Tourmalet.
Diario de Mallorca – Deportes
