En España somos muy dados a menospreciar lo que tenemos y a alabar con excesivo entusiasmo cualquier producción internacional. Sin embargo, si hay un terreno en el que nuestra industria audiovisual pisa con paso firme, ese es el de la comedia costumbrista. Rodrigo Sopeña lo sabe bien y lo demuestra por cuarta vez con el regreso de ‘Atasco’. La serie antológica producida por Onza se estrenó el viernes 12 de junio en Prime Video, con seis nuevos episodios de 25 minutos, dispuesta a volver a convertir el caos circulatorio de las afueras de Madrid en el mejor escenario del absurdo contemporáneo.
La gran virtud de esta cuarta entrega es que, al mantenerse fiel a su fórmula de sketches autoconclusivos que empiezan y terminan en el propio episodio, no obliga al espectador a haber estado atrapado en las carreteras de las temporadas anteriores. Así, los nuevos capítulos funcionan perfectamente como parte de una ficción completamente nueva, apta tanto para los recién llegados como para los fieles seguidores de la marca. Manteniendo el sentido de unidad, Sopeña demuestra que las historias que se producen en un embotellamiento pueden ser miles y que a su tintero todavía le quedan ideas para rato.
Para empezar, el escenario que nos da la bienvenida se aleja de la claustrofóbica carretera sumida en la noche a la que la comedia nos tenía acostumbrados, aunque rápidamente volverá a ser la protagonista principal. Raúl Cimas y Javier Coronas son los encargados de abrir el telón en una localización exterior a plena luz del día, un cambio de aires que visualmente se agradece, antes de poner rumbo a su destino vestidos de nazis por una reciente sesión de fotos. «Son cinco kilómetros», apunta Cimas a su colega, que no muy convencido marca el comienzo de una parodia acorde a nuestros tiempos: «Y si hay atasco, ¿qué?».
Gran parte del milagro de que este engranaje siga funcionando reside en el nivel de su amplísimo reparto coral, repleto de caras conocidas. En el primer episodio, además de los mencionados humoristas, se mueven unos fantástico Gorka Otxoa y Marta Hazas, encarnando a un matrimonio al borde del desastre donde el intento de ocultar una infidelidad, con un zapato de por medio, termina por dinamitar no una, sino dos relaciones sentimentales.
Pero ‘Atasco’ no solo vive del chiste rápido. La serie sabe ponerse seria y rascar en la llaga de la identidad española. Se percibe en el cuarto episodio, donde la intriga policial protagonizada por Fernando Cayo sirve como un reconocible símil de la picaresca política. Aunque, sin duda, la palma de oro a la historia más conmovedora de la temporada se la lleva Diego Martín. Encarnando a un desquiciado director de orquesta atrapado en su vehículo, en una constante llamada telefónica con la creadora de contenido Esperansa Grasia, que se estrena como actriz de ficción con un personaje sorprendentemente emotivo, el actor imparte una lección de cómo actuar solo ante la cámara de la que los actores más jóvenes deberían tomar nota.
Con apariciones que van desde la «Muerta de la Recta» encarnada por Ingrid García-Jonsson hasta el regreso de la dupla clásica formada por Antonio Resines y Santi Rodríguez, la ficción también incluye a una Bárbara Rey que promete ser la gran sorpresa en un papel en las antípodas de su imagen pública. El broche final de la temporada llega en el sexto capítulo, que reúne de refilón a varios personajes de diferentes tramas en un momento absolutamente surrealista: el traslado de un reluciente papamóvil que España pretende regalar al Vaticano. Conducido por Pepe Viyuela y David Lorente, el vehículo acaba atrapado en el embotellamiento y Viyuela dentro de él, desatando un improvisado concurso entre los conductores para adivinar la clave de seguridad del menú interior que tan solo el sumo pontífice conoce. Una escena que se erige como digna sucesora de la mítica cabina de José Luis López Vázquez y que, casualidades de la vida, ha llegado precisamente durante la visita del papa León XIV a nuestro país.
‘Atasco’ es una de esas series que bien podría haber funcionado como un programa de sketches de José Mota, con quien Sopeña ha colaborado estrechamente en el pasado, pero su estructura de miniserie le otorga una entidad narrativa superior y que se podría resumir en una palabra: desternillante.
Prime Video estrena los seis episodios de la cuarta temporada de la serie, con el actor y cómico reinventando el clásico de los 70
En España somos muy dados a menospreciar lo que tenemos y a alabar con excesivo entusiasmo cualquier producción internacional. Sin embargo, si hay un terreno en el que nuestra industria audiovisual pisa con paso firme, ese es el de la comedia costumbrista. Rodrigo Sopeña lo sabe bien y lo demuestra por cuarta vez con el regreso de ‘Atasco’. La serie antológica producida por Onza se estrenó el viernes 12 de junio en Prime Video, con seis nuevos episodios de 25 minutos, dispuesta a volver a convertir el caos circulatorio de las afueras de Madrid en el mejor escenario del absurdo contemporáneo.
La gran virtud de esta cuarta entrega es que, al mantenerse fiel a su fórmula de sketches autoconclusivos que empiezan y terminan en el propio episodio, no obliga al espectador a haber estado atrapado en las carreteras de las temporadas anteriores. Así, los nuevos capítulos funcionan perfectamente como parte de una ficción completamente nueva, apta tanto para los recién llegados como para los fieles seguidores de la marca. Manteniendo el sentido de unidad, Sopeña demuestra que las historias que se producen en un embotellamiento pueden ser miles y que a su tintero todavía le quedan ideas para rato.
Para empezar, el escenario que nos da la bienvenida se aleja de la claustrofóbica carretera sumida en la noche a la que la comedia nos tenía acostumbrados, aunque rápidamente volverá a ser la protagonista principal. Raúl Cimas y Javier Coronas son los encargados de abrir el telón en una localización exterior a plena luz del día, un cambio de aires que visualmente se agradece, antes de poner rumbo a su destino vestidos de nazis por una reciente sesión de fotos. «Son cinco kilómetros», apunta Cimas a su colega, que no muy convencido marca el comienzo de una parodia acorde a nuestros tiempos: «Y si hay atasco, ¿qué?».
Gran parte del milagro de que este engranaje siga funcionando reside en el nivel de su amplísimo reparto coral, repleto de caras conocidas. En el primer episodio, además de los mencionados humoristas, se mueven unos fantástico Gorka Otxoa y Marta Hazas, encarnando a un matrimonio al borde del desastre donde el intento de ocultar una infidelidad, con un zapato de por medio, termina por dinamitar no una, sino dos relaciones sentimentales.
Pero ‘Atasco’ no solo vive del chiste rápido. La serie sabe ponerse seria y rascar en la llaga de la identidad española. Se percibe en el cuarto episodio, donde la intriga policial protagonizada por Fernando Cayo sirve como un reconocible símil de la picaresca política. Aunque, sin duda, la palma de oro a la historia más conmovedora de la temporada se la lleva Diego Martín. Encarnando a un desquiciado director de orquesta atrapado en su vehículo, en una constante llamada telefónica con la creadora de contenido Esperansa Grasia, que se estrena como actriz de ficción con un personaje sorprendentemente emotivo, el actor imparte una lección de cómo actuar solo ante la cámara de la que los actores más jóvenes deberían tomar nota.
Con apariciones que van desde la «Muerta de la Recta» encarnada por Ingrid García-Jonsson hasta el regreso de la dupla clásica formada por Antonio Resines y Santi Rodríguez, la ficción también incluye a una Bárbara Rey que promete ser la gran sorpresa en un papel en las antípodas de su imagen pública. El broche final de la temporada llega en el sexto capítulo, que reúne de refilón a varios personajes de diferentes tramas en un momento absolutamente surrealista: el traslado de un reluciente papamóvil que España pretende regalar al Vaticano. Conducido por Pepe Viyuela y David Lorente, el vehículo acaba atrapado en el embotellamiento y Viyuela dentro de él, desatando un improvisado concurso entre los conductores para adivinar la clave de seguridad del menú interior que tan solo el sumo pontífice conoce. Una escena que se erige como digna sucesora de la mítica cabina de José Luis López Vázquez y que, casualidades de la vida, ha llegado precisamente durante la visita del papa León XIV a nuestro país.
‘Atasco’ es una de esas series que bien podría haber funcionado como un programa de sketches de José Mota, con quien Sopeña ha colaborado estrechamente en el pasado, pero su estructura de miniserie le otorga una entidad narrativa superior y que se podría resumir en una palabra: desternillante.
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