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Un aspirante sorprendido con gafas de IA y un reloj inteligente en pleno examen, el aluvión de sospechas en torno a la nota récord de la número uno, Bianca Ciobanu, y la petición de una auditoría externa por parte de la Asociación MIR España que habla de un «completo caos» en la organización… Son muchos los episodios que en los últimos días han agitado la confianza en la prueba de Formación Sanitaria Especializada (FSE) y han devuelto al centro del debate cómo se vigila el examen que cada año decide el futuro profesional de miles de médicos y otros profesionales sanitarios.
Porque el MIR se decide en unas pocas horas, pero detrás hay un sistema de control que moviliza a un amplio despliegue de personal y una normativa diseñada para evitar cualquier intento de fraude. En la última convocatoria, celebrada el pasado 24 de enero, un total de 30.416 aspirantes se presentaron a las pruebas en las 25 sedes repartidas por toda España, lo que obligó al Ministerio de Sanidad a desplegar a más de 2.000 supervisores entre vocales, interventores y delegados de centro para vigilar el desarrollo del examen. Un engranaje que se prepara durante semanas y que busca que copiar en la prueba sea, en la práctica, extremadamente difícil. Pero ¿lo es realmente?
Desde el departamento que dirige Mónica García sostienen que sí. En una nota remitida a los medios, Sanidad asegura que el sistema de control «funciona» y subraya que el examen está sujeto a una normativa clara, que se actualiza para adaptarse al avance de la tecnología y que, junto al despliegue de vigilancia en las aulas, fija qué está permitido y qué queda prohibido durante la prueba.
Las reglas dentro del aula son tan sencillas como estrictas. Sobre la mesa del aspirante únicamente pueden estar el DNI, un bolígrafo y una botella de agua. El resto de objetos personales «deben permanecer guardados desde el llamamiento inicial hasta que finaliza la recogida de las hojas de respuestas», sin posibilidad de utilizarlos ni de dejarlos visibles durante la prueba, tal y como recoge la orden ministerial y recuerda el propio Ministerio.
Esta limitación ya figuraba en convocatorias anteriores, que prohibían cualquier aparato con capacidad de almacenar información o comunicarse. En la de este año, precisan, la redacción se afinó para mencionar de forma expresa los dispositivos electrónicos inteligentes —como gafas o relojes conectados— y dejar aún más claro qué tipo de tecnología queda fuera.
Fuentes del departamento señalan que ese ajuste responde al avance de dispositivos cada vez más discretos, capaces de almacenar datos o conectarse a internet sin levantar sospechas. Por ello, Sanidad «está trabajando en reforzar estas disposiciones para ser aún más estrictos en futuras convocatorias» y así «reducir al máximo la probabilidad de fraude».
Además, recuerdan que incluso cuestiones aparentemente menores, como las salidas al baño, están reguladas. Los aspirantes no pueden abandonar el aula hasta que haya pasado al menos una hora desde el inicio del examen y, a partir de ese momento, solo pueden salir de forma puntual y con autorización de la mesa. Cada salida queda registrada con la hora de ida y vuelta y el candidato debe ir acompañado por un vocal.
Entre las críticas que han circulado estos días en redes sociales y en algunos de los testimonios recogidos por la Asociación MIR España (AME) aparece la propuesta de reforzar el control técnico del examen mediante la instalación de inhibidores capaces de bloquear comunicaciones.
Sanidad, sin embargo, descarta esa posibilidad, ya que el sistema de supervisión se basa en la vigilancia directa del personal. «El control es visual. No se pueden utilizar inhibidores», resumen. La razón de fondo es legal, ya que la normativa de telecomunicaciones reserva el uso de estos dispositivos a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y únicamente en situaciones vinculadas a la seguridad nacional.
Así, el control del MIR se sostiene sobre todo en la presencia de ojos dentro de las aulas. En la última convocatoria participaron alrededor de 2.080 personas encargadas de supervisar el desarrollo de la prueba en las distintas sedes: cerca de 1.300 actuaron como vocales de mesa, unos 700 como interventores de examen y alrededor de 80 desempeñaron funciones de delegados de centro, según indican las mismas fuentes a EL MUNDO.
Los vocales son quienes vigilan directamente el desarrollo del examen, comprueban la identidad de los aspirantes, organizan su distribución en el aula y reparten los cuadernillos mientras permanecen atentos durante toda la sesión para detectar cualquier irregularidad. Por encima de ellos están los interventores, encargados de coordinar el llamamiento de los candidatos, supervisar las incidencias y dirigir la recogida y custodia de los exámenes. Cada sede cuenta además con un delegado de centro responsable de coordinar la logística y garantizar la seguridad del material durante todo el proceso.
El número de vigilantes dentro de cada aula depende del volumen de aspirantes, aunque el Ministerio fija una proporción mínima de un vocal por cada 30 candidatos. Desde Sanidad subrayan además que todo el personal implicado cuenta con instrucciones específicas y formación previa para desempeñar estas funciones. La designación de estos profesionales se realiza mediante convocatoria del propio Ministerio de Sanidad en coordinación con las delegaciones del Gobierno.
Con ese despliegue, hacer trampas en el MIR debería ser, al menos en teoría, extremadamente difícil. Desde el Ministerio sostienen que los incidentes detectados en los últimos años han sido muy puntuales. Más allá del caso ocurrido este año en Santiago de Compostela, Sanidad solo reconoce otro episodio reciente: el de un aspirante sorprendido con apuntes en papel durante el examen hace dos convocatorias. En aquel caso, su prueba ni siquiera llegó a corregirse, aunque no se han facilitado más detalles.
En cuanto a la polémica surgida en torno a la número uno del MIR, Bianca Ciobanu, que ha obtenido una puntuación total de 119,37 puntos, desde Sanidad insisten en que no existe ningún indicio de irregularidad. «No consta ninguna incidencia en el acta del aula de la aspirante que, a la espera de las notas definitivas, ha obtenido el número 1 en el MIR», señalan en su escrito remitido a distintos medios.
Aun así, las dudas siguen sobre la mesa. Hace unos días AME recordó el caso ocurrido el año pasado en Argentina, donde las autoridades sanitarias detectaron anomalías en el examen de residencias médicas y obligaron a repetir la prueba a decenas de aspirantes tras descubrir un fraude mediante dispositivos electrónicos con inteligencia artificial.
Con todo este revuelo, Ministerio y aspirantes tendrán al menos una oportunidad de acercar posiciones. La AME se reunirá el próximo martes con el Ministerio de Sanidad para trasladar la necesidad de introducir mejoras en el proceso del examen, tanto en su organización administrativa como en el refuerzo de las garantías de equidad, transparencia y seguridad.
El encuentro, según recoge Efe, servirá para analizar posibles ajustes de cara a próximas convocatorias. Desde la asociación reconocen que se trataría de «casos puntuales», aunque consideran necesario revisar algunos aspectos del sistema para evitar que se repitan. Su secretario general, Daniel Selva, subrayó que, pese al malestar generado entre algunos aspirantes, el MIR sigue siendo un examen «fiable y con garantías«, y defendió que la polémica surgida en esta convocatoria no debería empañar la «ejemplaridad» de una prueba que, recordó, es «muy compleja de preparar».
La reunión tratará al menos de cerrar un proceso que ha estado rodeado de polémicas incluso antes de que se conocieran los resultados. Desde la dimisión del comité de expertos encargado de elaborar el examen hasta las incidencias denunciadas durante la prueba, las alegaciones pendientes de algunos aspirantes o el retraso en la publicación del listado provisional de aprobados.
Un debate que ha vuelto a poner bajo la lupa un proceso que cada año decide el futuro profesional de decenas de miles de aspirantes y que, por su impacto en todo el sistema sanitario, todos los actores coinciden en que debe abordarse con la máxima prudencia y rigor.
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