Han pasado casi cuarenta y dos años del estreno de «Amadeus». La película, estrenada en 1984 y dirigida por el cineasta checo Miloš Forman, se alzó con ocho Premios Oscar, incluyendo los de Mejor Película y Mejor Director, y es un título imprescindible de la historia del cine. Tomando como base una obra teatral escrita por Peter Shaffer —que también ejerció como guionista en la adaptación a la gran pantalla, y que a su vez se basó en un poema escrito en 1832 por el ruso Alexander Pushkin—, «Amadeus» retrataba la rivalidad acérrima entre el célebre Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri, interpretados respectivamente por Tom Hulce y F. Murray Abraham, que le ganó a su compañero el Oscar al Mejor Actor.
Esta rivalidad ficcionada —no existen evidencias históricas de que la cosa fuese mucho más allá de una simple competencia profesional— entre ambos compositores ha vuelto, más de 40 años después, con el estreno reciente de «Amadeus» en la plataforma SkyShowtime. La serie, creada por Joe Barton y Julian Farino y producida por la cadena británica Sky, recupera el texto de Shaffer para hacer una reedición fiel, aunque menos obnubilada con la época y sus protagonistas. Will Sharpe —al que muchos recordarán por la segunda temporada de «The White Lotus»— interpreta al joven prodigio de Salzburgo, y para dar vida a su rival italiano, y llenar los zapatos de Murray Abraham, la opción escogida ha sido el gran Paul Bettany, que tras unos años con la capa de Marvel puesta ha vuelto a demostrar que es un enorme actor, como ya lo hizo en «Una mente maravillosa», «Master and Commander» o «El código Da Vinci». Rodeándoles, con un peso algo menor, están Gabrielle Creevy, que da vida a Constanze, la esposa de Mozart; Jonathan Aris, que interpreta a Leopold, su padre; o el siempre cumplidor Rory Kinnear, que interpreta al emperador José II, máximo mandatario del Sacro Imperio en aquel momento.
La acción, narrada por un decrépito y moribundo Salieri ya en el siglo XIX, arranca con la llegada del jovencísimo Wolfgang a Viena proveniente de su Salzburgo natal y ya con cierta fama entre la alta sociedad. Allí, no tardará en encandilar a toda la corte con su anormal talento y productividad, e irá escalando poco a poco para frustración de un Antonio Salieri mucho más sobrio, pero también mucho menos brillante. Se desatará entonces entre ambos una rivalidad —algo unilateral, ya que es el italiano el que parece empeñado en torpedear a Mozart, cuya lucha parece más consigo mismo— que culminará, sin entrar en mucho detalle, con la prematura (35 años) y aún no esclarecida muerte del compositor austriaco, ocurrida en 1791. Más allá de la rivalidad, la serie nos ofrecerá un retrato algo inusual de sus dos protagonistas, ajeno a la sacralización y la mitomanía que la época o el estatus de ambos podría sugerir. Mozart es presentado como un tipo disperso, hedonista hasta el extremo, y solo comprometido con la música y sus vicios —entendiendo por estos la fiesta, las mujeres y la bebida—. Un tipo al que su extraordinario talento, si este retrato fuese fiel a la realidad, salvó de vivir en la calle y morir, si cabe, aún más joven. Por su parte, Salieri reúne varios elementos, si se me permite la licencia, de lo que hoy llamaríamos un «incel». Retratado en total contraposición a su némesis, el italiano es un hombre contenido, taimado, devoto y profundamente frustrado, al que la llegada de ese torbellino procedente de Salzburgo hunde aún más en su envidia y su insatisfacción. Ambos están sólidamente interpretados por Sharpe y Bettany, que elevan el resultado final y acaban resultando una gran decisión de casting, sin hueco para que los secundarios puedan siquiera acercarse a su brillo.
Estas licencias históricas también se aplican al retrato de la época. Quien espere encontrarse aquí «Barry Lyndon», o cualquier refinado producto de época, se sorprenderá al ver la sordidez y libertinaje que propone «Amadeus». Borracheras, prostitutas, orgías multitudinarias y mal lenguaje son las señas de identidad de «este Siglo XVIII», en el que no importa el rigor histórico, la composición étnica de la sociedad o las maneras refinadas de la aristocracia. Tampoco importa, porque el resultado es mucho más fresco y estimulante que otro producto de época más. Gracias a este tono desenfadado y al buen hacer de sus dos actores protagonistas, «Amadeus» consigue aliviar un poco la sensación de que esta historia ya nos la han contado —y no solo en la película de Forman—. Su visionado, de cinco capítulos breves, es ameno, y celebro que abrace convencida el «culebroneo», por mucho que no vaya a acabar siendo la serie del año.
La serie, recién llegada a SkyShowtime, recupera la lucha ficcionada entre Mozart y Salieri en la Viena del S.XVIII
Han pasado casi cuarenta y dos años del estreno de «Amadeus». La película, estrenada en 1984 y dirigida por el cineasta checo Miloš Forman, se alzó con ocho Premios Oscar, incluyendo los de Mejor Película y Mejor Director, y es un título imprescindible de la historia del cine. Tomando como base una obra teatral escrita por Peter Shaffer —que también ejerció como guionista en la adaptación a la gran pantalla, y que a su vez se basó en un poema escrito en 1832 por el ruso Alexander Pushkin—, «Amadeus» retrataba la rivalidad acérrima entre el célebre Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri, interpretados respectivamente por Tom Hulce y F. Murray Abraham, que le ganó a su compañero el Oscar al Mejor Actor.
Esta rivalidad ficcionada —no existen evidencias históricas de que la cosa fuese mucho más allá de una simple competencia profesional— entre ambos compositores ha vuelto, más de 40 años después, con el estreno reciente de «Amadeus» en la plataforma SkyShowtime. La serie, creada por Joe Barton y Julian Farino y producida por la cadena británica Sky, recupera el texto de Shaffer para hacer una reedición fiel, aunque menos obnubilada con la época y sus protagonistas. Will Sharpe —al que muchos recordarán por la segunda temporada de «The White Lotus»— interpreta al joven prodigio de Salzburgo, y para dar vida a su rival italiano, y llenar los zapatos de Murray Abraham, la opción escogida ha sido el gran Paul Bettany, que tras unos años con la capa de Marvel puesta ha vuelto a demostrar que es un enorme actor, como ya lo hizo en «Una mente maravillosa», «Master and Commander» o «El código Da Vinci». Rodeándoles, con un peso algo menor, están Gabrielle Creevy, que da vida a Constanze, la esposa de Mozart; Jonathan Aris, que interpreta a Leopold, su padre; o el siempre cumplidor Rory Kinnear, que interpreta al emperador José II, máximo mandatario del Sacro Imperio en aquel momento.
La acción, narrada por un decrépito y moribundo Salieri ya en el siglo XIX, arranca con la llegada del jovencísimo Wolfgang a Viena proveniente de su Salzburgo natal y ya con cierta fama entre la alta sociedad. Allí, no tardará en encandilar a toda la corte con su anormal talento y productividad, e irá escalando poco a poco para frustración de un Antonio Salieri mucho más sobrio, pero también mucho menos brillante. Se desatará entonces entre ambos una rivalidad —algo unilateral, ya que es el italiano el que parece empeñado en torpedear a Mozart, cuya lucha parece más consigo mismo— que culminará, sin entrar en mucho detalle, con la prematura (35 años) y aún no esclarecida muerte del compositor austriaco, ocurrida en 1791. Más allá de la rivalidad, la serie nos ofrecerá un retrato algo inusual de sus dos protagonistas, ajeno a la sacralización y la mitomanía que la época o el estatus de ambos podría sugerir. Mozart es presentado como un tipo disperso, hedonista hasta el extremo, y solo comprometido con la música y sus vicios —entendiendo por estos la fiesta, las mujeres y la bebida—. Un tipo al que su extraordinario talento, si este retrato fuese fiel a la realidad, salvó de vivir en la calle y morir, si cabe, aún más joven. Por su parte, Salieri reúne varios elementos, si se me permite la licencia, de lo que hoy llamaríamos un «incel». Retratado en total contraposición a su némesis, el italiano es un hombre contenido, taimado, devoto y profundamente frustrado, al que la llegada de ese torbellino procedente de Salzburgo hunde aún más en su envidia y su insatisfacción. Ambos están sólidamente interpretados por Sharpe y Bettany, que elevan el resultado final y acaban resultando una gran decisión de casting, sin hueco para que los secundarios puedan siquiera acercarse a su brillo.
Estas licencias históricas también se aplican al retrato de la época. Quien espere encontrarse aquí «Barry Lyndon», o cualquier refinado producto de época, se sorprenderá al ver la sordidez y libertinaje que propone «Amadeus». Borracheras, prostitutas, orgías multitudinarias y mal lenguaje son las señas de identidad de «este Siglo XVIII», en el que no importa el rigor histórico, la composición étnica de la sociedad o las maneras refinadas de la aristocracia. Tampoco importa, porque el resultado es mucho más fresco y estimulante que otro producto de época más. Gracias a este tono desenfadado y al buen hacer de sus dos actores protagonistas, «Amadeus» consigue aliviar un poco la sensación de que esta historia ya nos la han contado —y no solo en la película de Forman—. Su visionado, de cinco capítulos breves, es ameno, y celebro que abrace convencida el «culebroneo», por mucho que no vaya a acabar siendo la serie del año.
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