Encerrar a una pandilla de toda la vida en el habitáculo asfixiante de una autocaravana con la ingenua pretensión de celebrar una idílica despedida de soltera suele ser el método más rápido para dinamitar los cimientos de cualquier relación afectiva. El espacio reducido y los kilómetros de carretera poseen la extraña virtud de actuar como un acelerador de partículas emocional, demostrando que los lazos tejidos desde la época universitaria son propensos a agrietarse cuando la proximidad física obliga a romper los silencios pactados. La oportunidad de certificar este estallido sentimental ha llegado hoy mismo, viernes 28 de agosto, gracias al estreno global en Netflix de Elísabet Benavent para analizar los límites de la lealtad y el peso de los trapos sucios.
La crónica de esta mudanza emocional nos sitúa ante la travesía por carretera que emprende un grupo de amigos desde Madrid hasta la costa de Mazarrón, en Murcia. La excusa oficial es festejar el inminente matrimonio de Blanca, una abogada adicta al trabajo que adopta el rol de la perfeccionista que cree tenerlo todo bajo control absoluto pero que, en realidad, no controla absolutamente nada de su propia existencia, un perfil defendido con una rigidez entrañable por Clara Sans. Sin embargo, el verdadero polvorín de la función viaja en la cabina del vehículo: Coco y Marín, dos íntimos compañeros de piso que al comenzar su convivencia firmaron un pacto explícito de neutralidad sentimental, se ven incapaces de contener por más tiempo la atracción que se profesan, desatando un juego de tensiones cruzadas que termina por arrastrar al resto de los viajeros.
El gran acierto de la miniserie reside en la precisión quirúrgica con la que el reparto coral defiende unos personajes atrapados en una red de roles grupales perfectamente arquetípicos y reconocibles. Itziar Manero brilla al encarnar a Coco, una joven vinculada al mundo del arte que camufla su vulnerabilidad tras una fachada de indiferencia, mientras que Daniel Ibáñez dota a Marín de una timidez protectora sumamente humana, retratando el dilema de quien descubre que el amor y la amistad se mezclan sin pedir permiso. A su alrededor se mueve un tablero de ajedrez afectivo donde Ricardo Gómez aporta una madurez interpretativa excelente como el exnovio Gus, Lucía de la Fuente pincha en hueso como la despechada y tóxica Aroa —empeñada en sabotear el viaje para reconquistar a su antiguo amor— y Brays Efe ejerce de descarado y cínico oráculo de la pandilla metido en la piel de Loren, el gran confidente que todo lo sabe de todos pero que solo cuenta lo estrictamente necesario para evitar la quema.
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El guion, coordinado por la showrunner Marina Pérez junto a Montaña Marchena, asume con valentía la tesis de que ciertas mentiras piadosas son indispensables para garantizar la supervivencia del afecto grupal, defendiendo que no todas las verdades merecen ser verbalizadas si el único resultado posible es causar un daño gratuito. La puesta en escena, dirigida a cuatro manos por María Togores y la propia Marina Pérez, expone las graves dificultades de comunicación que atraviesan los adultos cuando se ven incapaces de expresar sus deseos de forma honesta, prefiriendo el confort del disimulo. La producción huye del drama trascendental para abrazar una comedia luminosa y puramente veraniega, donde el paisaje playero y los cámpines murcianos operan como una ingeniosa metáfora visual del cambio emocional que experimentan los protagonistas, atrapados en una partida de frontón psicológico donde cada réplica esconde una cuenta pendiente, mientras Camela suena de fondo con su inconfundible y omnipresente «Cuando zarpa el amor».
A pesar de que la trama a veces peca de complaciente al recurrir a ciertos clichés del género y estira en exceso los enredos sentimentales en su tramo central, la química innegable del elenco y la agilidad de sus diálogos convierten la experiencia en un placer estival muy disfrutable, tan refrescante y ligero, aunque a veces te toque la fibra sensible. La serie se confirma como una propuesta madura que entiende que el amor es un territorio que exige trabajo diario, entregando un producto fresco que reconfortará a los seguidores de la autora y atrapará al espectador que busque una crónica honesta sobre el arte de madurar junto a las personas que elegimos como familia.
El infalible idilio entre Elísabet Benavent y Netflix
El estreno de esta producción ratifica el sólido y bien avenido matrimonio comercial que la escritora valenciana Elísabet Benavent mantiene con el gigante del streaming internacional. Con esta nueva incorporación, ya son cuatro las traslaciones audiovisuales de su catálogo literario tras el arrollador éxito de las cuatro temporadas de «Valeria», el romanticismo de la miniserie «Un cuento perfecto» y la frescura de la película «Fuimos canciones». Esta fructífera alianza, donde la autora ejerce de productora ejecutiva, demuestra una sintonía impecable con las demandas de una audiencia global seducida por sus retratos de las relaciones urbanas actuales.
El esperado estreno de la miniserie romántica en la plataforma Netflix propone una fresca travesía estival sobre ruedas, pasiones ocultas y secretos grupales
Encerrar a una pandilla de toda la vida en el habitáculo asfixiante de una autocaravana con la ingenua pretensión de celebrar una idílica despedida de soltera suele ser el método más rápido para dinamitar los cimientos de cualquier relación afectiva. El espacio reducido y los kilómetros de carretera poseen la extraña virtud de actuar como un acelerador de partículas emocional, demostrando que los lazos tejidos desde la época universitaria son propensos a agrietarse cuando la proximidad física obliga a romper los silencios pactados. La oportunidad de certificar este estallido sentimental ha llegado hoy mismo, viernes 28 de agosto, gracias al estreno global en Netflix de «Toda la verdad de mis mentiras», la esperada producción de cinco episodios que adapta la exitosa novela de Elísabet Benavent para analizar los límites de la lealtad y el peso de los trapos sucios.
La crónica de esta mudanza emocional nos sitúa ante la travesía por carretera que emprende un grupo de amigos desde Madrid hasta la costa de Mazarrón, en Murcia. La excusa oficial es festejar el inminente matrimonio de Blanca, una abogada adicta al trabajo que adopta el rol de la perfeccionista que cree tenerlo todo bajo control absoluto pero que, en realidad, no controla absolutamente nada de su propia existencia, un perfil defendido con una rigidez entrañable por Clara Sans. Sin embargo, el verdadero polvorín de la función viaja en la cabina del vehículo: Coco y Marín, dos íntimos compañeros de piso que al comenzar su convivencia firmaron un pacto explícito de neutralidad sentimental, se ven incapaces de contener por más tiempo la atracción que se profesan, desatando un juego de tensiones cruzadas que termina por arrastrar al resto de los viajeros.
El gran acierto de la miniserie reside en la precisión quirúrgica con la que el reparto coral defiende unos personajes atrapados en una red de roles grupales perfectamente arquetípicos y reconocibles. Itziar Manero brilla al encarnar a Coco, una joven vinculada al mundo del arte que camufla su vulnerabilidad tras una fachada de indiferencia, mientras que Daniel Ibáñez dota a Marín de una timidez protectora sumamente humana, retratando el dilema de quien descubre que el amor y la amistad se mezclan sin pedir permiso. A su alrededor se mueve un tablero de ajedrez afectivo donde Ricardo Gómez aporta una madurez interpretativa excelente como el exnovio Gus, Lucía de la Fuente pincha en hueso como la despechada y tóxica Aroa —empeñada en sabotear el viaje para reconquistar a su antiguo amor— y Brays Efe ejerce de descarado y cínico oráculo de la pandilla metido en la piel de Loren, el gran confidente que todo lo sabe de todos pero que solo cuenta lo estrictamente necesario para evitar la quema.
El guion, coordinado por la showrunner Marina Pérez junto a Montaña Marchena, asume con valentía la tesis de que ciertas mentiras piadosas son indispensables para garantizar la supervivencia del afecto grupal, defendiendo que no todas las verdades merecen ser verbalizadas si el único resultado posible es causar un daño gratuito. La puesta en escena, dirigida a cuatro manos por María Togores y la propia Marina Pérez, expone las graves dificultades de comunicación que atraviesan los adultos cuando se ven incapaces de expresar sus deseos de forma honesta, prefiriendo el confort del disimulo. La producción huye del drama trascendental para abrazar una comedia luminosa y puramente veraniega, donde el paisaje playero y los cámpines murcianos operan como una ingeniosa metáfora visual del cambio emocional que experimentan los protagonistas, atrapados en una partida de frontón psicológico donde cada réplica esconde una cuenta pendiente, mientras Camela suena de fondo con su inconfundible y omnipresente «Cuando zarpa el amor».
A pesar de que la trama a veces peca de complaciente al recurrir a ciertos clichés del género y estira en exceso los enredos sentimentales en su tramo central, la química innegable del elenco y la agilidad de sus diálogos convierten la experiencia en un placer estival muy disfrutable, tan refrescante y ligero, aunque a veces te toque la fibra sensible. La serie se confirma como una propuesta madura que entiende que el amor es un territorio que exige trabajo diario, entregando un producto fresco que reconfortará a los seguidores de la autora y atrapará al espectador que busque una crónica honesta sobre el arte de madurar junto a las personas que elegimos como familia.
El estreno de esta producción ratifica el sólido y bien avenido matrimonio comercial que la escritora valenciana Elísabet Benavent mantiene con el gigante del streaming internacional. Con esta nueva incorporación, ya son cuatro las traslaciones audiovisuales de su catálogo literario tras el arrollador éxito de las cuatro temporadas de «Valeria», el romanticismo de la miniserie «Un cuento perfecto» y la frescura de la película «Fuimos canciones». Esta fructífera alianza, donde la autora ejerce de productora ejecutiva, demuestra una sintonía impecable con las demandas de una audiencia global seducida por sus retratos de las relaciones urbanas actuales.
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