La familia celebra los 100 años de su restaurante Can Mosques con una gran fiesta a la que asisten los dos hijos, sus mujeres, el matrimonio que regenta el negocio y todos sus amigos. En el momento de la foto, el hijo menor, Álex, no sonríe porque acaban de comunicarle la peor noticia que se podría esperar: un fondo de inversión va a comprar el edificio completo en el que se ubica el restaurante familiar en pleno barrio del Raval de Barcelona. Lo que parecía una jubilación tranquila y la compra del negocio centenario se transforma en «Ravalear», una pesadilla seriada de seis episodios que estrena HBO Max, tras su paso por la sección oficial de la Berlinale del pasado febrero.
Barcelona se ha despertado alterada. Los obreros del puerto de la Ciudad Condal mantienen protestas por sus condiciones laborales y Álex (Enric Auquer) se mete prisa para llegar a su segundo trabajo. En el emblemático barrio del Raval barcelonés se encuentra con su madre (Lluísa Castell), su padre (Francesc Orella) y su hermano, David (Quim Àvila), avivando los fuegos para preparar los calçots en el turno de comidas del restaurante familiar Can Mosques. Esa misma semana se celebra la cena del centenario y Álex y David, junto a la mujer del primero, Marta (María Rodríguez Soto), tienen preparada una pequeña sorpresa. Han convencido a un grupo de inversores para poder comprar el restaurante y dejar de pagar el alquiler. Todo está a falta de unos flecos de los que se ocupa el promotor inmobiliario (sin escrúpulos) Cristóbal (Sergi López), amigo del patriarca, pero que tiene otros planes para todo aquello. Al final, el edificio al completo queda bajo las manos del fondo de inversión Eurohome, con su vicepresidenta de la oficina de Barcelona, Claire Durand (Alba Aguilera), que planea cambiar las condiciones de alquiler de viviendas y locales. Lo que parecía una serie costumbrista sobre heredar un negocio en Barcelona se transforma por su propia deriva en un thriller sin armas, en el que la tensión la generan la angustia existencial, la presión del dinero y las protestas sociales. Hay escenas como la bajada en rapel por el patio interior que no tiene nada que envidiar a una serie de espías.
Hay que destacar que «Ravalear» hace auténtica magia con las escenas del restaurante. Todo fue rodado en el propio Raval, en el local del antiguo Mesón David, que aporta toda la verosimilitud que necesita la serie para seguir contando la auténtica trama. El equipo construyó todo un equipo profesional de cocina que incluía electrodomésticos funcionando: planchas, freidora, campana extractora… Este arraigo es la parte más desgarradora de una historia que ya sabemos de partida que no va a acabar con una abogada salvando los muebles en el último momento. Rodada en catalán, castellano, árabe, urdu e inglés, apela a que cada uno de los espectadores se sienta identificado por esos problemas que siempre surgen con los contratos de la vivienda. La especulación está inmersa en el ADN de la trama desde el minuto cero.
Después de darse cuenta de que no hay nada «legal» que se pueda hacer para revertir la situación, la fina línea entre buenos y malos se desdibuja y la serie pone a prueba los límites de los personajes, desvelando hasta dónde son capaces de llegar para conseguir sus objetivos, que, aun siendo nobles, les deja en una total indefensión administrativa y jurídica. Esta presión se va contagiando a los de alrededor y a los que socialmente están por debajo, creando una situación a punto de estallar.
Las interpretaciones son magistralmente inquietantes. De un lado, los especuladores sin escrúpulos que pisan a quien haga falta para hacer dinero. Inconmensurable el trabajo de Sergi López, que lo borda tanto que los espectadores reconocerán en él al usurero. De otro, aquellos que no cuentan con el respaldo monetario y tienen que acudir a la movilización vecinal para salvar los muebles. El trabajo actoral de Enric le lleva directamente a la temporada de premios por su caótica labor como el descentrado Álex. La serie escala un problema local a un idioma universal. La inmigración, la okupación, la especulación inmobiliaria, la gentrificación y el acceso a una vivienda como crisis y no como un derecho están en el centro del debate que plantea la serie de Pol Rodríguez.
No hay medias tintas en la serie «Ravalear»; es un ataque directo a la rabia sobre cómo las cosas cambian, casi siempre a peor, y cómo los más desfavorecidos quedan expuestos por su drama social en un contexto histórico que no entiende de idiomas ni de subtítulos.
HBO Max estrena «Ravalear», serie creada por Pol Rodríguez basada en su propia experiencia y que viene a mostrar la realidad más incómoda de la gentrificación
La familia celebra los 100 años de su restaurante Can Mosques con una gran fiesta a la que asisten los dos hijos, sus mujeres, el matrimonio que regenta el negocio y todos sus amigos. En el momento de la foto, el hijo menor, Álex, no sonríe porque acaban de comunicarle la peor noticia que se podría esperar: un fondo de inversión va a comprar el edificio completo en el que se ubica el restaurante familiar en pleno barrio del Raval de Barcelona. Lo que parecía una jubilación tranquila y la compra del negocio centenario se transforma en «Ravalear», una pesadilla seriada de seis episodios que estrena HBO Max, tras su paso por la sección oficial de la Berlinale del pasado febrero.
Barcelona se ha despertado alterada. Los obreros del puerto de la Ciudad Condal mantienen protestas por sus condiciones laborales y Álex (Enric Auquer) se mete prisa para llegar a su segundo trabajo. En el emblemático barrio del Raval barcelonés se encuentra con su madre (Lluísa Castell), su padre (Francesc Orella) y su hermano, David (Quim Àvila), avivando los fuegos para preparar los calçots en el turno de comidas del restaurante familiar Can Mosques. Esa misma semana se celebra la cena del centenario y Álex y David, junto a la mujer del primero, Marta (María Rodríguez Soto), tienen preparada una pequeña sorpresa. Han convencido a un grupo de inversores para poder comprar el restaurante y dejar de pagar el alquiler. Todo está a falta de unos flecos de los que se ocupa el promotor inmobiliario (sin escrúpulos) Cristóbal (Sergi López), amigo del patriarca, pero que tiene otros planes para todo aquello. Al final, el edificio al completo queda bajo las manos del fondo de inversión Eurohome, con su vicepresidenta de la oficina de Barcelona, Claire Durand (Alba Aguilera), que planea cambiar las condiciones de alquiler de viviendas y locales. Lo que parecía una serie costumbrista sobre heredar un negocio en Barcelona se transforma por su propia deriva en un thriller sin armas, en el que la tensión la generan la angustia existencial, la presión del dinero y las protestas sociales. Hay escenas como la bajada en rapel por el patio interior que no tiene nada que envidiar a una serie de espías.
Hay que destacar que «Ravalear» hace auténtica magia con las escenas del restaurante. Todo fue rodado en el propio Raval, en el local del antiguo Mesón David, que aporta toda la verosimilitud que necesita la serie para seguir contando la auténtica trama. El equipo construyó todo un equipo profesional de cocina que incluía electrodomésticos funcionando: planchas, freidora, campana extractora… Este arraigo es la parte más desgarradora de una historia que ya sabemos de partida que no va a acabar con una abogada salvando los muebles en el último momento. Rodada en catalán, castellano, árabe, urdu e inglés, apela a que cada uno de los espectadores se sienta identificado por esos problemas que siempre surgen con los contratos de la vivienda. La especulación está inmersa en el ADN de la trama desde el minuto cero.
Después de darse cuenta de que no hay nada «legal» que se pueda hacer para revertir la situación, la fina línea entre buenos y malos se desdibuja y la serie pone a prueba los límites de los personajes, desvelando hasta dónde son capaces de llegar para conseguir sus objetivos, que, aun siendo nobles, les deja en una total indefensión administrativa y jurídica. Esta presión se va contagiando a los de alrededor y a los que socialmente están por debajo, creando una situación a punto de estallar.
Las interpretaciones son magistralmente inquietantes. De un lado, los especuladores sin escrúpulos que pisan a quien haga falta para hacer dinero. Inconmensurable el trabajo de Sergi López, que lo borda tanto que los espectadores reconocerán en él al usurero. De otro, aquellos que no cuentan con el respaldo monetario y tienen que acudir a la movilización vecinal para salvar los muebles. El trabajo actoral de Enric le lleva directamente a la temporada de premios por su caótica labor como el descentrado Álex. La serie escala un problema local a un idioma universal. La inmigración, la okupación, la especulación inmobiliaria, la gentrificación y el acceso a una vivienda como crisis y no como un derecho están en el centro del debate que plantea la serie de Pol Rodríguez.
No hay medias tintas en la serie «Ravalear»; es un ataque directo a la rabia sobre cómo las cosas cambian, casi siempre a peor, y cómo los más desfavorecidos quedan expuestos por su drama social en un contexto histórico que no entiende de idiomas ni de subtítulos.
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