En la mañana del 22 de marzo de 2016, Nuria Marco solo quería llegar cuanto antes al aeropuerto de Bruselas para coger su vuelo a Madrid. Pero el taxi no avanzaba y, mientras tanto, su teléfono no paraba de sonar. Su madre desde España, su novio en la capital belga… de pronto, en la radio del coche oyó la palabra “explosión”, que suena igual en el francés que por entonces apenas chapurreaba como en español. Por fin, respondió a la llamada de su pareja, que le pidió al taxista que diera media vuelta y la llevara hasta el Parlamento Europeo donde él trabajaba y que, poco después de llegar la joven, fue confinado hasta la noche. Estas fueron unas horas eternas en las que las noticias de un brutal atentado yihadista marcaron un antes y un después en una Bélgica que, 10 años más tarde, sigue bajo la sombra de amenazas terroristas.
Los supervivientes de una matanza que costó la vida a más de 30 personas y dejó heridas a más de 300 denuncian la sensación de “abandono” por parte del Estado
En la mañana del 22 de marzo de 2016, Nuria Marco solo quería llegar cuanto antes al aeropuerto de Bruselas para coger su vuelo a Madrid. Pero el taxi no avanzaba y, mientras tanto, su teléfono no paraba de sonar. Su madre desde España, su novio en la capital belga… de pronto, en la radio del coche oyó la palabra “explosión”, que suena igual en el francés que por entonces apenas chapurreaba como en español. Por fin, respondió a la llamada de su pareja, que le pidió al taxista que diera media vuelta y la llevara hasta el Parlamento Europeo donde él trabajaba y que, poco después de llegar la joven, fue confinado hasta la noche. Estas fueron unas horas eternas en las que las noticias de un brutal atentado yihadista marcaron un antes y un después en una Bélgica que, 10 años más tarde, sigue bajo la sombra de amenazas terroristas.
Bruselas ha conmemorado este domingo el día más trágico de su historia reciente con solemnidad, tristeza y llamamientos a la unidad. Pero, también, con la denuncia continuada de unas víctimas que se dicen abandonadas por un Estado que, afirman desde la asociación Life4Brussels que las agrupa, no solo no ha cumplido aún buena parte de sus promesas de apoyo. Además, denuncian, a ciertas víctimas se les está reclamando ahora la devolución de parte de las ayudas estatales recibidas, bajo el argumento de que recibieron compensaciones paralelas. Sienten un “sentimiento de abandono”, como ha denunciado uno de los miembros de la asociación y superviviente de los atentados, Christelle Giovannetti, ante las máximas autoridades del país, que se une a la tristeza revivida este domingo entre los que perdieron un padre, un hijo o un amigo. Porque no todos tuvieron la suerte de Nuria.
En el aeropuerto capitalino de Zaventem, 16 personas fallecieron cuando, a las 7.58 de la mañana de ese siniestro día, dos terroristas suicidas hicieron detonar, en pocos segundos, las bombas que llevaban escondidas en su equipaje. El saldo de víctimas, casi tantas nacionales como internacionales, podría haber sido aún mayor: un tercer terrorista, Mohamed Abrini, el “hombre del sombrero”, se arrepintió en el último momento y no activó la suya. La noticia del atentado en el aeropuerto apenas empezaba a circular cuando, a las 9.11, otra explosión sacudía Bruselas, esta vez en la estación de metro Maelbeek, muy cerca de las instituciones europeas. Otras 16 personas murieron en este nuevo ataque que acabó por sembrar el pánico en una ciudad cuyas calles rápidamente quedaron desiertas mientras la policía buscaba frenéticamente a los autores y cómplices de unos atentados rápidamente reivindicados por el Estado Islámico.
El saldo final de la jornada trágica y las que le sucedieron es, una década más tarde, de 36 muertos —la última víctima reconocida es la hija de uno de los fallecidos en los atentados, que se suicidó hace unas semanas y cuyo nombre ha sido incluido este domingo en la lista oficial leída durante los homenajes en los lugares de los atentados— y más de 300 heridos.
Los atentados de Bruselas se produjeron apenas unos meses después de otro ataque múltiple yihadista coordinado, el del 13 de noviembre de 2015 en París, que dejó 132 muertos y más de 400 heridos. De hecho, tal como reconoció Mohamed Abrini durante el juicio por los atentados de Bruselas celebrado en 2023, los ataques en la capital belga fueron el “plan B” después de la detención del único superviviente de los atentados en París, su amigo de la infancia Salah Abdeslam, unos días antes en el barrio bruselense de Molenbeek donde ambos habían crecido.
“Como Salah fue arrestado, todo se sucede rápidamente. El plan A se hunde y hay que atacar aquí [Bruselas]”, dijo Abrini durante el juicio, en el que los máximos responsables de los atentados de Bruselas, incluido Abdeslam y Abrini, recibieron duras penas de cárcel, que se unen en muchos de los casos a las ya recibidas por los atentados de Francia. De hecho, tanto Abdeslam como Abrini están condenados a cadena perpetua por los atentados de París y cumplen sus penas en sendas prisiones de alta seguridad.
En un discurso solemne al cierre de los homenajes del día, el rey Felipe ha asegurado que Bélgica “no olvidará jamás” el valor y dolor de las víctimas y ha reivindicado además la “unidad” de la sociedad belga frente a esta amenaza que, ha reconocido, no ha desaparecido aún.
“Los terroristas creyeron que dividirían nuestra sociedad, que nos harían vivir la vida bajo el miedo, pero se equivocaron. Lo que debía dividirnos nos acercó (…) no hemos cedido ni al miedo ni a la división y hemos demostrado la fuerza de nuestros valores y hasta qué punto nos importan”, ha reivindicado.
Aun así, y con el recuerdo del ataque a una sinagoga en Lieja a comienzos de mes, en un acto que se cree ligado a la nueva guerra en Irán, el monarca ha indicado que es un recordatorio de que “el odio sigue vivo en nuestra sociedad y que tenemos todavía un largo camino por delante”. En un nivel de alerta terrorista de cuatro grados, Bélgica, actualmente permanece en nivel tres. Y ante un resurgimiento del antisemitismo vinculado al nuevo conflicto en Oriente Próximo, el Gobierno ha desplegado militares para reforzar la vigilancia de singagogas y escuelas judías en todo el país.
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