‘DTF St. Louis’: la extraña, incómoda y fascinante apuesta de HBO Max

De primeras, el título de la nueva serie de HBO Max, «DTF St. Louis», suena extraño, casi «anti algoritmo», acostumbrados como estamos, en esta época, a que todo sea descriptivo y sugerente. Algunos sabrán que San Luis es una ciudad de Misuri, Estados Unidos, donde transcurre la acción, pero pocos, me atrevo a decir que casi ninguno, adivinarán que «DTF» son las siglas de «dare to fuck» (en español, «atrévete a follar»). Este es el nombre de la aplicación de citas extramatrimoniales que utilizan los protagonistas de esta serie, por ratos comedia y por ratos thriller criminal, en un equilibrio imposible. Más allá de eso, es el mejor ejemplo de la deliberada extrañeza y del personalísimo tono que su creador, Steven Conrad —al que ninguno vimos venir este giro, siendo como era el guionista de melodramas pastel como «En busca de la felicidad» o «Wonder»— ha querido darle, más propio de los hermanos Coen (o productos derivados, como la serie «Fargo») que de la mente detrás de «La vida secreta de Walter Mitty».

Esta atmósfera, entre lo absurdo y lo deprimente, la vemos ya en su trío protagonista, a saber: Clark, el hombre del tiempo estrella de la ciudad; Floyd, su intérprete de signos y, a la larga, amigo; y Carol, la mujer de este último, que compagina su trabajo con el arbitraje de partidos de béisbol para sacarse un sobresueldo. Ellos tres son las puntas de un triángulo amoroso que nada tiene de apasionado, sino que muestra las miserias que hay detrás de esa necesidad que tienen algunos, alcanzados los cincuenta, de «ponerle un poco de picante» a una vida que les ha ahogado con su rutina y sus responsabilidades.

Cada una de estas tres puntas, eso sí, está interpretada por un peso pesado de la televisión americana: Clark es Jason Bateman, que ejerce también como productor y cuya mayor muestra de versatilidad es haber protagonizado «Arrested Development» y «Ozark»; Carol, Linda Cardellini, la Velma de las «Scooby-Doo» de principios de los 2000 y también Samantha en «Urgencias»; y Floyd, David Harbour, en un papel excelente para iniciar su etapa post «Stranger Things», donde daba vida a Jim Hopper. Orbitando a su alrededor, y para apuntalar el reparto, la serie cuenta con secundarios de lujo como Richard Jenkins, que da vida a un divertidísimo inspector, o Peter Sarsgaard, en un papel pequeño pero muy resultón. Sin excepción, todos ellos están sobresalientes, sacándole brillo a unos personajes ya de por sí jugosos y convirtiendo su carisma y su humanidad en el verdadero asidero de la serie.

Si se fijan, poco o nada he contado sobre la trama de «DTF St. Louis». No es casual. Aunque suene a tópico, esta es una de esas series que se disfrutan más cuanto menos se sabe de ellas, dejándose llevar por unos giros continuos que unas veces empujan hacia el suspense y otras hacia una comedia que roza, cuando no abraza directamente, el absurdo. Sí diré que, como ocurría en «The White Lotus», la también serie de HBO Max de Mike White, «DTF St. Louis» se arma a partir de una estructura temporal desordenada: ya desde el piloto pone sobre la mesa un crimen cuya evolución iremos siguiendo en tiempo real, entre flashbacks y saltos temporales. Esta estructura, que de entrada puede parecer confusa, se revela pronto como una manera muy hábil de dosificar la información, ir pasándole la culpa de unos personajes a otros y enseñar las distintas caras de una misma situación, de modo que acabamos metidos de lleno en la investigación que llevan entre manos el personaje de Jenkins y su compañera, a la que interpreta Joy Sunday.

Pero ojo, que nadie espere aquí la solemnidad de un policiaco al uso. Esto no es «True Detective», ni «CSI». La principal virtud de «DTF St. Louis», y también la principal razón por la que muchos no van a soportarla, es su tono. Abiertamente cómico, se instala en una incomodidad tan deprimente como casi surrealista, en la que se nos cuenta con toda la seriedad del mundo que el personaje de Harbour tiene una malformación que le curva el pene, los personajes van de un lado a otro en unas bicicletas ridículas, casi pegadas al suelo, y Cardellini se pasea por casa con su mastodóntico uniforme de árbitro hasta el punto de haberlo convertido en un problema sexual.

Habrá quien entre, como es mi caso, en ese juego y disfrute de algo bizarro pero no por ello frívolo, cogiéndole incluso cariño a estos parias de mediana edad que no aspiran a mucho más que a meterle un poco de dinamita a una rutina que los ha dejado medio muertos por dentro. Pero también habrá quien vea en todo esto una soberana tontería, un universo tan marciano que ni siquiera el misterio que lo recorre logra sostener del todo. Para averiguarlo, y también porque ya estamos un poco hartos de series que son sota, caballo y rey, hay que darle una oportunidad, aunque sea por ver a David Harbour y su barriga cervecera bailando hip-hop como si le fuese la vida en ello.

 Jason Bateman, Linda Cardellini y David Harbour lideran una serie inclasificable que convierte el tedio conyugal en un juego tan absurdo como perturbador  

De primeras, el título de la nueva serie de HBO Max, «DTF St. Louis», suena extraño, casi «anti algoritmo», acostumbrados como estamos, en esta época, a que todo sea descriptivo y sugerente. Algunos sabrán que San Luis es una ciudad de Misuri, Estados Unidos, donde transcurre la acción, pero pocos, me atrevo a decir que casi ninguno, adivinarán que «DTF» son las siglas de «dare to fuck» (en español, «atrévete a follar»). Este es el nombre de la aplicación de citas extramatrimoniales que utilizan los protagonistas de esta serie, por ratos comedia y por ratos thriller criminal, en un equilibrio imposible. Más allá de eso, es el mejor ejemplo de la deliberada extrañeza y del personalísimo tono que su creador, Steven Conrad —al que ninguno vimos venir este giro, siendo como era el guionista de melodramas pastel como «En busca de la felicidad» o «Wonder»— ha querido darle, más propio de los hermanos Coen (o productos derivados, como la serie «Fargo») que de la mente detrás de «La vida secreta de Walter Mitty».

Esta atmósfera, entre lo absurdo y lo deprimente, la vemos ya en su trío protagonista, a saber: Clark, el hombre del tiempo estrella de la ciudad; Floyd, su intérprete de signos y, a la larga, amigo; y Carol, la mujer de este último, que compagina su trabajo con el arbitraje de partidos de béisbol para sacarse un sobresueldo. Ellos tres son las puntas de un triángulo amoroso que nada tiene de apasionado, sino que muestra las miserias que hay detrás de esa necesidad que tienen algunos, alcanzados los cincuenta, de «ponerle un poco de picante» a una vida que les ha ahogado con su rutina y sus responsabilidades.

Cada una de estas tres puntas, eso sí, está interpretada por un peso pesado de la televisión americana: Clark es Jason Bateman, que ejerce también como productor y cuya mayor muestra de versatilidad es haber protagonizado «Arrested Development» y «Ozark»; Carol, Linda Cardellini, la Velma de las «Scooby-Doo» de principios de los 2000 y también Samantha en «Urgencias»; y Floyd, David Harbour, en un papel excelente para iniciar su etapa post «Stranger Things», donde daba vida a Jim Hopper. Orbitando a su alrededor, y para apuntalar el reparto, la serie cuenta con secundarios de lujo como Richard Jenkins, que da vida a un divertidísimo inspector, o Peter Sarsgaard, en un papel pequeño pero muy resultón. Sin excepción, todos ellos están sobresalientes, sacándole brillo a unos personajes ya de por sí jugosos y convirtiendo su carisma y su humanidad en el verdadero asidero de la serie.

Si se fijan, poco o nada he contado sobre la trama de «DTF St. Louis». No es casual. Aunque suene a tópico, esta es una de esas series que se disfrutan más cuanto menos se sabe de ellas, dejándose llevar por unos giros continuos que unas veces empujan hacia el suspense y otras hacia una comedia que roza, cuando no abraza directamente, el absurdo. Sí diré que, como ocurría en «The White Lotus», la también serie de HBO Max de Mike White, «DTF St. Louis» se arma a partir de una estructura temporal desordenada: ya desde el piloto pone sobre la mesa un crimen cuya evolución iremos siguiendo en tiempo real, entre flashbacks y saltos temporales. Esta estructura, que de entrada puede parecer confusa, se revela pronto como una manera muy hábil de dosificar la información, ir pasándole la culpa de unos personajes a otros y enseñar las distintas caras de una misma situación, de modo que acabamos metidos de lleno en la investigación que llevan entre manos el personaje de Jenkins y su compañera, a la que interpreta Joy Sunday.

Pero ojo, que nadie espere aquí la solemnidad de un policiaco al uso. Esto no es «True Detective», ni «CSI». La principal virtud de «DTF St. Louis», y también la principal razón por la que muchos no van a soportarla, es su tono. Abiertamente cómico, se instala en una incomodidad tan deprimente como casi surrealista, en la que se nos cuenta con toda la seriedad del mundo que el personaje de Harbour tiene una malformación que le curva el pene, los personajes van de un lado a otro en unas bicicletas ridículas, casi pegadas al suelo, y Cardellini se pasea por casa con su mastodóntico uniforme de árbitro hasta el punto de haberlo convertido en un problema sexual.

Habrá quien entre, como es mi caso, en ese juego y disfrute de algo bizarro pero no por ello frívolo, cogiéndole incluso cariño a estos parias de mediana edad que no aspiran a mucho más que a meterle un poco de dinamita a una rutina que los ha dejado medio muertos por dentro. Pero también habrá quien vea en todo esto una soberana tontería, un universo tan marciano que ni siquiera el misterio que lo recorre logra sostener del todo. Para averiguarlo, y también porque ya estamos un poco hartos de series que son sota, caballo y rey, hay que darle una oportunidad, aunque sea por ver a David Harbour y su barriga cervecera bailando hip-hop como si le fuese la vida en ello.

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