En Occidente se repite como un mantra que la palabra china para «crisis» (危机, wēijī) une «peligro» y «oportunidad». La etimología real es menos romántica, ya que el segundo carácter apunta a «punto de inflexión», pero la confusión nunca ha sido tan profética.
La amenaza tiene nombre propio, con un estrecho clave bloqueado y el barril de crudo que escala mientras medio mundo recalcula. El cambio de rumbo apunta al delta del Yangtsé, se mide en gigavatios-hora y funciona las veinticuatro horas del día.
Nadie en Pekín ha accionado un solo botón de lanzamiento, las fábricas de baterías, paneles y coches eléctricos llevan pulsándolo una década. Lo que los titulares exponen como una conflagración en Oriente Medio es, al mismo tiempo, la mayor sacudida del mercado energético global desde 1973 y la prueba de fuego de un modelo chino que apostó todo a que este momento podría llegar.
La muerte del líder supremo iraní en la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel ha convertido el Golfo Pérsico en un campo de pruebas sistémico. El relevo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, ha decidido jugar su primera carta estratégica donde más duele, llamando a mantener cerrado el Estrecho de Ormuz, un gesto que ya se traduce en volatilidad energética y en un incremento palpable de la tensión militar en la región.
Este corredor marítimo, de apenas 40 kilómetros en su punto más angosto, vuelve a situarse en el centro del tablero como el más delicado del planeta. Por sus aguas circulaba en torno a una quinta parte del crudo que se negocia en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios según la Agencia de Información Energética de EE UU.
Las grandes navieras han empezado a borrar escalas, las aseguradoras endurecen condiciones y las tripulaciones se preguntan si la prima extra compensa zarpar bajo bombardeos de drones y misiles. Desde el inicio de la crisis, más de una decena de mercantes han sido atacados, con al menos siete fallecidos confirmados por la OMI hasta el 6 de marzo, o episodios como el impacto de misiles contra remolcadores y graneleros que han dejado más víctimas y barcos ardiendo frente a Omán.
Ese goteo de incidentes se refleja al instante en las pantallas. El Brent, que venía anclado en torno a los 82 dólares, ha saltado a la zona de los tres dígitos y hoy supera los 100 dólares por barril, con máximos intradía por encima de 102 dólares según las últimas cotizaciones europeas. Esto ha dejado de ser una mera referencia de mercado para funcionar como termómetro geopolítico en tiempo real, sensible a cada dron que despega en el Golfo y a cada comunicado de Teherán o Washington. La intuición de los setenta, cuando el embargo árabe convirtió la energía en arma, reaparece ahora con munición guiada y ataques quirúrgicos a buques e infraestructuras.
Sun Tzu recomendaba volcar contra el enemigo su propia fuerza, y Pekín parece haber tomado nota sin necesidad de asomarse al Estrecho. China no necesita entrar en el pulso del Golfo para aprovecharlo, cada barril que deja de cruzar Ormuz desvía más gas ruso por el Power of Siberia, empuja más inversión hacia los parques solares del desierto de Gobi y justifica nuevos gasoductos a través de Asia Central. Este choque de oferta actúa como acelerador de una estrategia ya en marcha, la de tejer una arquitectura energética euroasiática que reduzca la dependencia de rutas vulnerables y de socios con fecha de caducidad, combinando contratos a largo plazo, infraestructura terrestre y renovables domésticas.
Mientras tanto, el sudeste asiático, muy expuesto a las importaciones de crudo y gas que cruzan ese cuello de botella, se ha pasado al modo manual de emergencia. Filipinas recorta jornada en la administración, Tailandia y Vietnam generalizan el teletrabajo y limitan desplazamientos oficiales, y Myanmar introduce restricciones de movilidad con sistemas de matrículas alternas para contener el consumo de combustible.
A estas medidas se suman topes administrativos -como el límite temporal al precio del diésel en Bangkok- y el uso acelerado de los colchones fiscales, incluido el fondo de estabilización que Hanói emplea para amortiguar los precios en los surtidores. Detrás de ese freno selectivo late el mismo problema de reservas estratégicas escasas para una disrupción prolongada y una gran dependencia de productos refinados importados.
El shock se extiende por la periferia regional: la tensión de oferta alcanza economías pequeñas y sin salida al mar como Laos o Camboya y llega hasta el Himalaya, donde Nepal raciona el gas de cocina rellenando solo media bombona para desactivar las compras de pánico. Si el bloqueo se prolonga, el escenario que asoma es el de una “estanflación localizada” con una actividad frenada por la falta de energía, inflación reavivada y unas cuentas públicas obligadas a sostener subsidios y controles que compran tiempo, pero no resuelven el problema estructural.
Ante este panorama, la perturbación en Ormuz ha llevado a la Agencia Internacional de la Energía y a las grandes economías consumidoras a cruzar una línea poco habitual, acordar la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas para tratar de contener el golpe. Es la mayor operación coordinada de este tipo desde que existe la AIE y busca, más que devolver el crudo a los niveles previos al conflicto, evitar una escalada descontrolada de precios que asfixie la recuperación global.
Un shock del siglo pasado en la economía del presente
El escenario tiene guiños reconocibles. Una región en llamas, «traders» en modo defensivo, bancos centrales desempolvando manuales de estanflación. Pero a diferencia de hace medio siglo, el mundo ya no vive en monocultivo fósil. El sistema sigue enganchado al crudo, sí, pero las alternativas han dejado de ser promesas de laboratorio para convertirse en industrias maduras con márgenes, lobbies y cadenas de valor propias. En ese tablero híbrido, el viejo reflejo de medir la vulnerabilidad solo en barriles resulta insuficiente. El poder ya no se resume en quién controla el pozo, sino en quién domina la tecnología que permite dejar de depender de él. Y ahí, el foco se desplaza hacia Pekín.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que China destinó más de 625.000 millones de dólares a tecnologías limpias en 2024, casi un tercio de la inversión global. Ese año ya había alcanzado su objetivo oficial de capacidad eólica y solar fijado para seis años antes de lo previsto. El despliegue mastodóntico empieza a notarse por el lado de la demanda. Según la propia AIE, el consumo chino de gasolina, diésel y queroseno de aviación ha entrado en una meseta, y el aumento reciente de la sed de petróleo se explica cada vez más por ‘feedstock’ petroquímico que por motores de combustión. La electrificación remacha el giro dado que los vehículos eléctricos e híbridos enchufables alcanzaron una penetración del 51% del mercado minorista chino ya hace un año, y 2025 cerró con ventas de 15,3 millones de NEV, un 47,9% del total de matriculaciones.
Pekín no entra en pánico y tiene motivos
Sobre el papel, China es el invitado más expuesto al cierre de Ormuz como mayor importador de crudo del mundo, con una porción sustancial de sus compras saliendo precisamente del Golfo. Un bloqueo prolongado debería disparar alarmas en Zhongnanhai pero lo que llega, de momento, es cálculo frío.
No es temple, es ingeniería acumulada. Durante años, ha levantado una red de amortiguadores que hoy marca la diferencia con reservas estratégicas que se acercan al equivalente de 90 días de importaciones netas, un volumen que algunos cálculos sitúan ya en el entorno de 800‑900 millones de barriles, y un calendario para seguir ampliando capacidad con once nuevos complejos de almacenamiento entre 2025 y 2026.
Esos nuevos tanques, gestionados por Sinopec y CNOOC, suman unos 169 millones de barriles adicionales, el equivalente a dos semanas de importaciones chinas, y acercan al país al estándar de seguridad de la AIE. A la capa de reservas se suman los oleoductos terrestres desde Rusia y Asia Central, que esquivan Ormuz por completo, y una acumulación sistemática de inventarios comerciales. S&P Global estima que en 2025 China almacenó un excedente en torno a 1,13 millones de barriles diarios, con picos marcados al final del año. Cuando Irán se hunde en el caos, las refinerías chinas no se quedan a oscuras; giran válvulas hacia Siberia y Kazajistán, reordenan cargamentos y exprimen depósitos.
Cortafuegos interno: cerrar el grifo exportador
La primera señal tangible de que Pekín ha pasado a modo guerra no llegó de los cuarteles, sino de las plantas de refino. El Gobierno ordenó a las mayores petroleras del país suspender con efecto inmediato las exportaciones de gasolina y diésel. Funcionarios de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma -el vértice de la planificación económica china- citaron a directivos de PetroChina, Sinopec, CNOOC, Sinochem y la privada Zhejiang Petrochemical para transmitir la instrucción de no firmar nuevos contratos y renegociar la cancelación de envíos ya comprometidos. Solo quedan al margen el queroseno y el combustible marino almacenados bajo régimen aduanero, además de los suministros para Hong Kong y Macao.
La segunda economía mundial tiene un sector de refino gigantesco, pero la gran mayoría de su producción ya se queda puertas adentro, de manera que el golpe directo sobre el resto de Asia es contenido. Lo relevante es el movimiento político: Pekín activa un protocolo de autosuficiencia, blinda primero el mercado doméstico y gana tiempo para medir la profundidad del corte en el Golfo. Y no es el único. Refinerías de Japón, Indonesia o India han comenzado a rebajar cargas y a contener exportaciones ante la interrupción práctica del flujo de crudo y derivados desde Oriente Medio, un giro que estrecha aún más el margen de maniobra de los importadores netos de la región.
Barril como arma, batería como escudo
La paradoja es evidente. El mismo shock que deja al descubierto la vulnerabilidad fósil de China multiplica el valor de su activo más estratégico, la industria de la transición energética. Cada dólar que suma el Brent mejora la cuenta de resultados teórica de un coche eléctrico frente a uno de combustión, de un parque solar frente a una central diésel o de una batería doméstica frente a un generador de gasolina.
Pekín domina entre el 70% y el 80% de la cadena global de valor de paneles solares, baterías y componentes para vehículos eléctricos. Su industria eólica concentra más del 70% de la cuota mundial en piezas clave, y los vehículos de nueva energía ya representan cerca del 60% de su producción automovilística. En 2024 las exportaciones de NEV superaron por primera vez los 2 millones de unidades y en 2025 siguieron creciendo, con meses por encima de los 300.000 vehículos enviados al exterior, según datos de CAAM y de firmas especializadas. El petróleo caro no es un problema para Shenzhen o Hefei; es, literalmente, la mejor campaña publicitaria para sus fábricas de baterías y coches eléctricos.
La nuclear, política de Estado
El otro eje del blindaje está en los megavatios. China apunta a una capacidad nuclear de unos 110 GW instalados en 2030, prácticamente el doble de los algo más de 60 GW operativos actuales, según los marcos de planificación recientes y los cálculos de la asociación nuclear china. Alcanzar ese objetivo implica conectar entre seis y ocho nuevos reactores al año, con una agenda explícita de reducir la dependencia del carbón, estabilizar el coste eléctrico de su industria y disputar a Francia y Estados Unidos el liderazgo atómico.
El giro va más allá del parque convencional. Pekín se prepara para encender el que sería el primer reactor comercial impulsado por acelerador de partículas, diseñado para quemar combustible de forma más eficiente o generar menos residuos, y acelera proyectos de cuarta generación y pequeños reactores modulares con vocación exportadora hacia terceros mercados. En un entorno de mercados nerviosos, esa combinación de tanques llenos, dominio tecnológico en renovables y músculo nuclear explica por qué China aprovecha la sacudida como prueba de estrés y escaparate de una estrategia que lleva años construyendo.
Mientras tanto, Ursula von der Leyen admitió que el apagón nuclear europeo fue un “error estratégico” y ofrece incentivos para reactivar proyectos, pero el bloque parte con años de retraso tecnológico, dependencia de proveedores externos y marcos regulatorios fragmentados. El riesgo para la UE es que el giro tardío la convierta en cliente cautivo de tecnología china justo en la palanca energética que definirá competitividad y autonomía estratégica en las próximas décadas.
El espejismo roto del yuan energético
La actual crisis expone, eso sí, una herida quirúrgica. Irán era un proveedor barato y la piedra angular de un circuito financiero diseñado para esquivar al dólar, con pagos en yuanes, bancos fuera de SWIFT, trueques de crudo por infraestructuras y equipos de telecomunicaciones. Para la estrategia de internacionalización de la moneda china, el mensaje es incómodo, dado que sin estabilidad política y sin un paraguas de seguridad, la ambición de disputar al dólar el trono del comercio energético se topa con límites muy concretos.
Pekín lleva décadas diseñando una ruta euroasiática con Rusia como aliado, pero el caos de Ormuz no le sale gratis: sin Irán pierde un proveedor barato
En Occidente se repite como un mantra que la palabra china para «crisis» (危机, wēijī) une «peligro» y «oportunidad». La etimología real es menos romántica, ya que el segundo carácter apunta a «punto de inflexión», pero la confusión nunca ha sido tan profética.
La amenaza tiene nombre propio, con un estrecho clave bloqueado y el barril de crudo que escala mientras medio mundo recalcula. El cambio de rumbo apunta al delta del Yangtsé, se mide en gigavatios-hora y funciona las veinticuatro horas del día.
Nadie en Pekín ha accionado un solo botón de lanzamiento, las fábricas de baterías, paneles y coches eléctricos llevan pulsándolo una década. Lo que los titulares exponen como una conflagración en Oriente Medio es, al mismo tiempo, la mayor sacudida del mercado energético global desde 1973 y la prueba de fuego de un modelo chino que apostó todo a que este momento podría llegar.
La muerte del líder supremo iraní en la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel ha convertido el Golfo Pérsico en un campo de pruebas sistémico. El relevo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, ha decidido jugar su primera carta estratégica donde más duele, llamando a mantener cerrado el Estrecho de Ormuz, un gesto que ya se traduce en volatilidad energética y en un incremento palpable de la tensión militar en la región.
Este corredor marítimo, de apenas 40 kilómetros en su punto más angosto, vuelve a situarse en el centro del tablero como el más delicado del planeta. Por sus aguas circulaba en torno a una quinta parte del crudo que se negocia en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios según la Agencia de Información Energética de EE UU.
Las grandes navieras han empezado a borrar escalas, las aseguradoras endurecen condiciones y las tripulaciones se preguntan si la prima extra compensa zarpar bajo bombardeos de drones y misiles. Desde el inicio de la crisis, más de una decena de mercantes han sido atacados, con al menos siete fallecidos confirmados por la OMI hasta el 6 de marzo, o episodios como el impacto de misiles contra remolcadores y graneleros que han dejado más víctimas y barcos ardiendo frente a Omán.
Ese goteo de incidentes se refleja al instante en las pantallas. El Brent, que venía anclado en torno a los 82 dólares, ha saltado a la zona de los tres dígitos y hoy supera los 100 dólares por barril, con máximos intradía por encima de 102 dólares según las últimas cotizaciones europeas. Esto ha dejado de ser una mera referencia de mercado para funcionar como termómetro geopolítico en tiempo real, sensible a cada dron que despega en el Golfo y a cada comunicado de Teherán o Washington. La intuición de los setenta, cuando el embargo árabe convirtió la energía en arma, reaparece ahora con munición guiada y ataques quirúrgicos a buques e infraestructuras.
Sun Tzu recomendaba volcar contra el enemigo su propia fuerza, y Pekín parece haber tomado nota sin necesidad de asomarse al Estrecho. China no necesita entrar en el pulso del Golfo para aprovecharlo, cada barril que deja de cruzar Ormuz desvía más gas ruso por el Power of Siberia, empuja más inversión hacia los parques solares del desierto de Gobi y justifica nuevos gasoductos a través de Asia Central. Este choque de oferta actúa como acelerador de una estrategia ya en marcha, la de tejer una arquitectura energética euroasiática que reduzca la dependencia de rutas vulnerables y de socios con fecha de caducidad, combinando contratos a largo plazo, infraestructura terrestre y renovables domésticas.
Mientras tanto, el sudeste asiático, muy expuesto a las importaciones de crudo y gas que cruzan ese cuello de botella, se ha pasado al modo manual de emergencia. Filipinas recorta jornada en la administración, Tailandia y Vietnam generalizan el teletrabajo y limitan desplazamientos oficiales, y Myanmar introduce restricciones de movilidad con sistemas de matrículas alternas para contener el consumo de combustible.
A estas medidas se suman topes administrativos -como el límite temporal al precio del diésel en Bangkok- y el uso acelerado de los colchones fiscales, incluido el fondo de estabilización que Hanói emplea para amortiguar los precios en los surtidores. Detrás de ese freno selectivo late el mismo problema de reservas estratégicas escasas para una disrupción prolongada y una gran dependencia de productos refinados importados.
El shock se extiende por la periferia regional: la tensión de oferta alcanza economías pequeñas y sin salida al mar como Laos o Camboya y llega hasta el Himalaya, donde Nepal raciona el gas de cocina rellenando solo media bombona para desactivar las compras de pánico. Si el bloqueo se prolonga, el escenario que asoma es el de una “estanflación localizada” con una actividad frenada por la falta de energía, inflación reavivada y unas cuentas públicas obligadas a sostener subsidios y controles que compran tiempo, pero no resuelven el problema estructural.
Ante este panorama, la perturbación en Ormuz ha llevado a la Agencia Internacional de la Energía y a las grandes economías consumidoras a cruzar una línea poco habitual, acordar la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas para tratar de contener el golpe. Es la mayor operación coordinada de este tipo desde que existe la AIE y busca, más que devolver el crudo a los niveles previos al conflicto, evitar una escalada descontrolada de precios que asfixie la recuperación global.
Un shock del siglo pasado en la economía del presente
El escenario tiene guiños reconocibles. Una región en llamas, «traders» en modo defensivo, bancos centrales desempolvando manuales de estanflación. Pero a diferencia de hace medio siglo, el mundo ya no vive en monocultivo fósil. El sistema sigue enganchado al crudo, sí, pero las alternativas han dejado de ser promesas de laboratorio para convertirse en industrias maduras con márgenes, lobbies y cadenas de valor propias. En ese tablero híbrido, el viejo reflejo de medir la vulnerabilidad solo en barriles resulta insuficiente. El poder ya no se resume en quién controla el pozo, sino en quién domina la tecnología que permite dejar de depender de él. Y ahí, el foco se desplaza hacia Pekín.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que China destinó más de 625.000 millones de dólares a tecnologías limpias en 2024, casi un tercio de la inversión global. Ese año ya había alcanzado su objetivo oficial de capacidad eólica y solar fijado para seis años antes de lo previsto. El despliegue mastodóntico empieza a notarse por el lado de la demanda. Según la propia AIE, el consumo chino de gasolina, diésel y queroseno de aviación ha entrado en una meseta, y el aumento reciente de la sed de petróleo se explica cada vez más por ‘feedstock’ petroquímico que por motores de combustión. La electrificación remacha el giro dado que los vehículos eléctricos e híbridos enchufables alcanzaron una penetración del 51% del mercado minorista chino ya hace un año, y 2025 cerró con ventas de 15,3 millones de NEV, un 47,9% del total de matriculaciones.
Pekín no entra en pánico y tiene motivos
Sobre el papel, China es el invitado más expuesto al cierre de Ormuz como mayor importador de crudo del mundo, con una porción sustancial de sus compras saliendo precisamente del Golfo. Un bloqueo prolongado debería disparar alarmas en Zhongnanhai pero lo que llega, de momento, es cálculo frío.
No es temple, es ingeniería acumulada. Durante años, ha levantado una red de amortiguadores que hoy marca la diferencia con reservas estratégicas que se acercan al equivalente de 90 días de importaciones netas, un volumen que algunos cálculos sitúan ya en el entorno de 800‑900 millones de barriles, y un calendario para seguir ampliando capacidad con once nuevos complejos de almacenamiento entre 2025 y 2026.
Esos nuevos tanques, gestionados por Sinopec y CNOOC, suman unos 169 millones de barriles adicionales, el equivalente a dos semanas de importaciones chinas, y acercan al país al estándar de seguridad de la AIE. A la capa de reservas se suman los oleoductos terrestres desde Rusia y Asia Central, que esquivan Ormuz por completo, y una acumulación sistemática de inventarios comerciales. S&P Global estima que en 2025 China almacenó un excedente en torno a 1,13 millones de barriles diarios, con picos marcados al final del año. Cuando Irán se hunde en el caos, las refinerías chinas no se quedan a oscuras; giran válvulas hacia Siberia y Kazajistán, reordenan cargamentos y exprimen depósitos.
Cortafuegos interno: cerrar el grifo exportador
La primera señal tangible de que Pekín ha pasado a modo guerra no llegó de los cuarteles, sino de las plantas de refino. El Gobierno ordenó a las mayores petroleras del país suspender con efecto inmediato las exportaciones de gasolina y diésel. Funcionarios de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma -el vértice de la planificación económica china- citaron a directivos de PetroChina, Sinopec, CNOOC, Sinochem y la privada Zhejiang Petrochemical para transmitir la instrucción de no firmar nuevos contratos y renegociar la cancelación de envíos ya comprometidos. Solo quedan al margen el queroseno y el combustible marino almacenados bajo régimen aduanero, además de los suministros para Hong Kong y Macao.
La segunda economía mundial tiene un sector de refino gigantesco, pero la gran mayoría de su producción ya se queda puertas adentro, de manera que el golpe directo sobre el resto de Asia es contenido. Lo relevante es el movimiento político: Pekín activa un protocolo de autosuficiencia, blinda primero el mercado doméstico y gana tiempo para medir la profundidad del corte en el Golfo. Y no es el único. Refinerías de Japón, Indonesia o India han comenzado a rebajar cargas y a contener exportaciones ante la interrupción práctica del flujo de crudo y derivados desde Oriente Medio, un giro que estrecha aún más el margen de maniobra de los importadores netos de la región.
Barril como arma, batería como escudo
La paradoja es evidente. El mismo shock que deja al descubierto la vulnerabilidad fósil de China multiplica el valor de su activo más estratégico, la industria de la transición energética. Cada dólar que suma el Brent mejora la cuenta de resultados teórica de un coche eléctrico frente a uno de combustión, de un parque solar frente a una central diésel o de una batería doméstica frente a un generador de gasolina.
Pekín domina entre el 70% y el 80% de la cadena global de valor de paneles solares, baterías y componentes para vehículos eléctricos. Su industria eólica concentra más del 70% de la cuota mundial en piezas clave, y los vehículos de nueva energía ya representan cerca del 60% de su producción automovilística. En 2024 las exportaciones de NEV superaron por primera vez los 2 millones de unidades y en 2025 siguieron creciendo, con meses por encima de los 300.000 vehículos enviados al exterior, según datos de CAAM y de firmas especializadas. El petróleo caro no es un problema para Shenzhen o Hefei; es, literalmente, la mejor campaña publicitaria para sus fábricas de baterías y coches eléctricos.
La nuclear, política de Estado
El otro eje del blindaje está en los megavatios. China apunta a una capacidad nuclear de unos 110 GW instalados en 2030, prácticamente el doble de los algo más de 60 GW operativos actuales, según los marcos de planificación recientes y los cálculos de la asociación nuclear china. Alcanzar ese objetivo implica conectar entre seis y ocho nuevos reactores al año, con una agenda explícita de reducir la dependencia del carbón, estabilizar el coste eléctrico de su industria y disputar a Francia y Estados Unidos el liderazgo atómico.
El giro va más allá del parque convencional. Pekín se prepara para encender el que sería el primer reactor comercial impulsado por acelerador de partículas, diseñado para quemar combustible de forma más eficiente o generar menos residuos, y acelera proyectos de cuarta generación y pequeños reactores modulares con vocación exportadora hacia terceros mercados. En un entorno de mercados nerviosos, esa combinación de tanques llenos, dominio tecnológico en renovables y músculo nuclear explica por qué China aprovecha la sacudida como prueba de estrés y escaparate de una estrategia que lleva años construyendo.
Mientras tanto, Ursula von der Leyen admitió que el apagón nuclear europeo fue un “error estratégico” y ofrece incentivos para reactivar proyectos, pero el bloque parte con años de retraso tecnológico, dependencia de proveedores externos y marcos regulatorios fragmentados. El riesgo para la UE es que el giro tardío la convierta en cliente cautivo de tecnología china justo en la palanca energética que definirá competitividad y autonomía estratégica en las próximas décadas.
El espejismo roto del yuan energético
La actual crisis expone, eso sí, una herida quirúrgica. Irán era un proveedor barato y la piedra angular de un circuito financiero diseñado para esquivar al dólar, con pagos en yuanes, bancos fuera de SWIFT, trueques de crudo por infraestructuras y equipos de telecomunicaciones. Para la estrategia de internacionalización de la moneda china, el mensaje es incómodo, dado que sin estabilidad política y sin un paraguas de seguridad, la ambición de disputar al dólar el trono del comercio energético se topa con límites muy concretos.
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