Desde el otro lado del Atlántico, las tractoradas que colapsan las carreteras europeas se observan con una mezcla de perplejidad y escepticismo. Para los ganaderos argentinos, las protestas contra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur no son más que un movimiento de carácter político, una estrategia de presión que, a su juicio, ignora la realidad de su capacidad productiva y de exportación. La idea de una «invasión» de carne argentina en el mercado comunitario les resulta, como poco, exagerada.
De hecho, la industria cárnica del país sudamericano tiene muy claras sus prioridades, y Europa no siempre encabeza la lista. Con un consumo interno que en 2025 alcanzó los 49 kilogramos por persona, es evidente que su principal prioridad es el mercado interno. Tanto es así que menos de una cuarta parte de toda la carne que producen cruza sus fronteras para venderse en el extranjero, un dato que desmonta la narrativa del gran exportador que amenaza con hundir los precios.
En realidad, la letra pequeña del acuerdo comercial parece darles la razón. El pacto establece un nuevo cupo de 99.000 toneladas para todo el bloque de Mercosur, con un arancel reducido del 7,5 %. Este volumen adicional apenas supondría el equivalente a una pequeña hamburguesa al año por cada habitante europeo, una cifra que contrasta con la enorme crispación que ha generado en el campo.
Además, no toda la carne argentina puede aspirar a entrar en el circuito europeo. Los Veintisiete imponen requisitos de entrada muy estrictos, exigiendo que el producto provenga de animales criados exclusivamente a pasto y de explotaciones situadas en zonas libres de deforestación. Estas condiciones son tan rigurosas que, a día de hoy, solo 35 de los 340 frigoríficos del país están habilitados para exportar a la Unión Europea.
El gigante asiático como principal cliente
Por otro lado, aunque el mercado comunitario es el que ofrece un mayor valor añadido por su producto, no es ni de lejos el más importante en cuanto a cantidad. China se ha consolidado como el principal destino en volumen de las exportaciones de carne argentina, relegando a Europa a una posición más secundaria en su estrategia comercial global.
Mientras tanto, la industria ganadera argentina lidia con sus propios problemas, muy alejados de las preocupaciones europeas. Aún se recupera de las consecuencias de políticas gubernamentales pasadas que provocaron la pérdida de más de siete millones de cabezas de ganado, un duro golpe para el sector. Aun así, la presión en Europa ya ha tenido efectos tangibles, como el anuncio de la cadena Carrefour de no comercializar carne procedente de los países de Mercosur, demostrando que el ruido político a veces pesa más que los números.
Entre las protestas de los agricultores europeos y el boicot de algunos supermercados franceses, el acuerdo con el Mercado Común del Sur avanza envuelto en polémica
Desde el otro lado del Atlántico, las tractoradas que colapsan las carreteras europeas se observan con una mezcla de perplejidad y escepticismo. Para los ganaderos argentinos, las protestas contra el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur no son más que un movimiento de carácter político, una estrategia de presión que, a su juicio, ignora la realidad de su capacidad productiva y de exportación. La idea de una «invasión» de carne argentina en el mercado comunitario les resulta, como poco, exagerada.
De hecho, la industria cárnica del país sudamericano tiene muy claras sus prioridades, y Europa no siempre encabeza la lista. Con un consumo interno que en 2025 alcanzó los 49 kilogramos por persona, es evidente que su principal prioridad es el mercado interno. Tanto es así que menos de una cuarta parte de toda la carne que producen cruza sus fronteras para venderse en el extranjero, un dato que desmonta la narrativa del gran exportador que amenaza con hundir los precios.
En realidad, la letra pequeña del acuerdo comercial parece darles la razón. El pacto establece un nuevo cupo de 99.000 toneladas para todo el bloque de Mercosur, con un arancel reducido del 7,5 %. Este volumen adicional apenas supondría el equivalente a una pequeña hamburguesa al año por cada habitante europeo, una cifra que contrasta con la enorme crispación que ha generado en el campo.
Además, no toda la carne argentina puede aspirar a entrar en el circuito europeo. Los Veintisiete imponen requisitos de entrada muy estrictos, exigiendo que el producto provenga de animales criados exclusivamente a pasto y de explotaciones situadas en zonas libres de deforestación. Estas condiciones son tan rigurosas que, a día de hoy, solo 35 de los 340 frigoríficos del país están habilitados para exportar a la Unión Europea.
Por otro lado, aunque el mercado comunitario es el que ofrece un mayor valor añadido por su producto, no es ni de lejos el más importante en cuanto a cantidad. China se ha consolidado como el principal destino en volumen de las exportaciones de carne argentina, relegando a Europa a una posición más secundaria en su estrategia comercial global.
Mientras tanto, la industria ganadera argentina lidia con sus propios problemas, muy alejados de las preocupaciones europeas. Aún se recupera de las consecuencias de políticas gubernamentales pasadas que provocaron la pérdida de más de siete millones de cabezas de ganado, un duro golpe para el sector. Aun así, la presión en Europa ya ha tenido efectos tangibles, como el anuncio de la cadena Carrefour de no comercializar carne procedente de los países de Mercosur, demostrando que el ruido político a veces pesa más que los números.
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