Un estudio realizado en Mata Atlántica, el gran bosque tropical que recorre la costa de Brasil, sugiere que la degradación ambiental está alterando el circuito natural de los mosquitos, empujándolos fuera de los bosques y convirtiendo a los humanos en su recurso más abundante y accesible Leer Un estudio realizado en Mata Atlántica, el gran bosque tropical que recorre la costa de Brasil, sugiere que la degradación ambiental está alterando el circuito natural de los mosquitos, empujándolos fuera de los bosques y convirtiendo a los humanos en su recurso más abundante y accesible Leer
La pérdida de biodiversidad en la Mata Atlántica -el gran bosque tropical que recorre la costa de Brasil y uno de los ecosistemas más degradados del planeta- está empujando a los mosquitos fuera de sus bosques y convirtiendo a los humanos en su fuente de alimento más abundante y accesible. Es eso lo que apunta el nuevo estudio de la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution.
El análisis publicado este jueves sugiere que la degradación ambiental está alterando el circuito natural de alimentación de los mosquitos, incorporando a los humanos en un ciclo que, en un ecosistema funcional, debería permanecer mayoritariamente selvático. No se trata de un cambio abrupto, sino de una señal de que las barreras ecológicas que mantenían ciertos riesgos confinados comienzan a erosionarse. Ese proceso ya es observable en remanentes del Bosque Atlántico como la Reserva Ecológica de Guapiaçu (Regua) y la Reserva del Sítio Recanto, en el estado de Río de Janeiro, fragmentos de selva cada vez más rodeados por la expansión humana donde la investigación se ha centrado.
Para llegar a esta conclusión, el equipo liderado por Dálete Alves y Jeronimo Alencar, con participación de investigadores de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) y de la Universidad Federal de Río de Janeiro, capturó mosquitos mediante trampas de luz en dos áreas de Mata Atlántica, especialmente durante el período crepuscular, cuando muchas especies están más activas.
En el laboratorio, analizaron exclusivamente a las hembras, ya que solo los mosquitos hembra pican a las personas y a los animales para alimentarse de la sangre, un recurso que necesitan para producir huevos.
Los investigadores extrajeron el ADN presente en la sangre de su abdomen. Ese material genético no pertenece al mosquito, sino al animal del que se alimentó. Al compararlo con bases de datos, los investigadores pudieron identificar si la sangre provenía de humanos o de vertebrados silvestres. La expectativa era encontrar un patrón dominado por aves, anfibios y otros animales propios del bosque, pero el análisis reveló que una proporción significativa de las comidas identificables correspondía a humanos.
Los investigadores advierten, sin embargo, que este hallazgo se basa en un número limitado de muestras -solo 24 secuencias completas fueron identificables y más del 60% no pudieron asignarse a una especie concreta debido a limitaciones técnicas del método de secuenciación-, por lo que los resultados indican una tendencia. Como explica a E LMUNDO Sergio Lisboa Machado, uno de los autores del estudio: «estos datos sirven de alerta sobre un cambio en el comportamiento de los mosquitos, que se están adaptando para garantizar su supervivencia. Si las áreas de bosque continúan sufriendo interferencia humana, existe la posibilidad de que, junto a esta adaptación alimentaria y de hábitos, enfermedades nuevas o ya conocidas empiecen a aparecer en el entorno urbano».
El hallazgo es especialmente inquietante porque el estudio no se centró en mosquitos urbanos como Aedes aegypti -asociados al dengue o al zika-, sino en especies silvestres históricamente vinculadas a la circulación de virus dentro del bosque, y su alimentación en humanos indica que la degradación ambiental está erosionando barreras naturales que antes confinaban a los vectores.
Machado recuerda que este tipo de desplazamientos no es nuevo en la historia de las enfermedades infecciosas. El virus del zika, por ejemplo, fue identificado en 1947 en Uganda en un ciclo estrictamente selvático, antes de ser aislado en humanos en la década de 1950, cuando la expansión de actividades humanas empezó a alterar esos entornos. De forma similar, durante la construcción del Canal de Panamá y de la carretera Transamazónica en Brasil, miles de trabajadores enfermaron tras quedar expuestos a ciclos de transmisión que antes permanecían confinados en el bosque, muchos por arbovirosis como la fiebre amarilla. «Podemos extrapolar este fenómeno a cualquier área forestal sometida a interferencia humana. Cuando el ser humano irrumpe, los vectores simplemente se alimentan del huésped más disponible», señala Machado.
La pérdida de biodiversidad puede entenderse mediante una analogía con el deshielo de los glaciares. Así como el hielo actúa como un regulador que absorbe y libera energía de forma gradual, estabilizando el clima, la biodiversidad funciona como un amortiguador ecológico que dispersa a los patógenos entre múltiples huéspedes. Cuando ese regulador desaparece, no se produce un colapso inmediato, pero el sistema se vuelve más inestable y los riesgos dejan de estar contenidos y tienden a concentrarse allí donde el contacto es más frecuente, en este caso, en los humanos.
La Mata Atlántica, que se extiende a lo largo de más de 6.000 kilómetros de la costa brasileña y partes del interior del sudeste y sur del país, alberga unas 20.000 especies de plantas vasculares y más de 2.000 especies de vertebrados, con altos niveles de endemicidad. Sin embargo, siglos de deforestación y fragmentación asociados a la expansión humana han reducido su cobertura a apenas un 12-15% de la original, distribuida en fragmentos cada vez más aislados.
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