En 1972, la película «Sleuth» («La huella»), dirigida por Joseph L. Mankiewicz, se convirtió en el primer filme en el que todos los actores acreditados fueron nominados a los Óscar. Es cierto que en aquella deliciosa aventura se presentaban ante nosotros Sir Laurence Olivier y Sir Michael Caine; casi nada. Y parte de la magia que conserva es que era cercana, casi teatral. Pues Netflix acaba de estrenar un largometraje protagonizado por cuatro actores que suman 13 de los premios más importantes de la industria audiovisual española. El estreno de «53 domingos», creada por Cesc Gay y protagonizada por Javier Cámara, Carmen Machi, Alexandra Jiménez y Javier Gutiérrez, triunfa porque se acerca; y viene a remover. La producción corre a cargo de Imposible Films, con Marta Esteban y Laia Bosch como productoras ejecutivas.
La trama nace de un sitio tan común, que llega. Una gran narradora, Carol (Jiménez), presenta al espectador la reunión de los hermanos de su pareja, Julián (Cámara), en su casa. La mediana es Natalia (Machi), supercatedrática reprimida y con un marido para hacérselo mirar; y el mayor, Víctor (Gutiérrez), que pilló una buena mujer rica y vive del cuento a la sombra de su suegro. Ya de antemano nos adelanta que la cosa va de peleas. El padre octogenario de los tres lleva dos «strikes» tras aparecer varado en Torrelodones y, además, se queja de que la bombilla del baño «hace chiribitas».
Pues ya tenemos la excusa para abrir unas anchoas y crear la tensión. Con la excusa de la reunión familiar, Gay retrata lo inenarrable. La posibilidad de perder la perspectiva de la realidad cuando uno se enfrenta a los que mejor le conocen: la familia. «53 domingos» es un ejercicio de inteligencia y de buen gusto. Es inteligente porque no alecciona, pero sí invita amablemente al espectador a participar de la vida a través de la pantalla. Algunas cosas son más fáciles de digerir o identificar si primero se pasan por el filtro de la ficción. Cuando pretenden sentarse a comer tranquilamente, un viernes o un sábado, todo se tuerce. Pero en el transcurso de las quedadas previas a dos bandas, se van fraguando alianzas al tiempo que se renuevan viejas rencillas. Julián es actor, con lo que eso significa muchas veces a ojos de los demás. Carol irá calentando el ambiente para que su pareja se encuentre en el punto justo de ebullición cuando llegue el momento. Natalia es responsable y contenida, pero un nuevo psicólogo y su consecuente terapia va a provocar un cambio sustancial en ella y ahora ya sí se enfada a veces. Y qué decir de Víctor, con chaleco, en calcetines o intentando ser amable. Su socarronería descarada es chirriante y convincente hasta la repulsa y no ha tenido otra idea más que encerrarse «53 domingos» y escribir una «novelita».
Todas estas ideas que parecen deslavazadas están hiladas con elegancia por Cesc Gay. Con muy buen gusto, el director ha sabido llevar a los actores hasta la normalidad más acusica. Todo espectador que se siente se sentirá como en casa y ahí es donde está la trampa. Una vez que te pones cómodo, ya sea con los intercambios verbales entre Carol y Julián, que son dignos de la mejor introducción posible; bien con los interrogatorios del pequeño a su cándida hermana; o con los hachazos de ida y vuelta entre hombres, «53 domingos» es una lucha sin cuartel de los hermanos entre sí y contra sí mismos. Y todo esto mientras vuelven una y otra vez al tema principal de la reunión, ya olvidado, de quién le cambia la bombilla a papá. Ya les advierto que cuando se sienten en cualquier silla o sillón de la casa de Julián, su vida cambiará.
El ejercicio teatral que hay detrás de esta película es otro de los detalles loables. Aunque la producción sale a respirar para introducirnos cada reunión, es en la intimidad del portal y a salvo, en la casa, donde realmente se desarrollan los temas importantes. Lo mismo sacando o metiendo las anchoas en la lata, rescatando el horroroso jarrón del fondo del armario, o teniendo conversaciones dentro del baño o a ambos lados de la puerta del mismo, pis mediante. Los cuatro actores, que aseguran haberse reído mucho durante las lecturas de guion en casa del director, han seguido disciplinados las exigencias de Cesc, que ha conseguido que parezcan casi improvisados diálogos medidos al milímetro. El autor usa los códigos más sencillos de los sainetes y los personajes entran o abandonan la escena casi entre diminutos saltitos. Se nota que todos ellos han disfrutado de poder «jugar», con toda la seriedad que eso implica.
«53 domingos» es juguetona, coqueta, sanadora, sabia y peligrosa. Hay algún que otro mensaje triste detrás de algunas partes; inevitables si tocamos la fibra familiar a ciertas edades. Además, puede que alguien necesite un segundo visionado porque buceará tanto en el conflicto que plantea la película, que cuando quiera salir a flote ya será tarde y el gran final se le vendrá encima. Es ligera para verla dos veces y muy disfrutona. De esas de sonrisa amplia, buena sensación en el cuerpo, pero un pequeño resquemor por la parte que nos toca a cada uno. Que lo hace; nos toca. Nos recuerda el poco tiempo que pasamos en esta vida y que muchas veces perdemos mucho tiempo en tonterías. Mucho más de «53 domingos». Seguro que después de terminar de verla más de uno hace una visita, devuelve una llamada perdida (o 20) y hace lo posible por cambiar esa maldita bombilla, que nunca ha sido el tema importante.
Netflix estrena la película original dirigida por su autor, Cesc Gay, y con Javier Gutiérrez, Carmen Machi, Alexandra Jiménez y Javier Cámara
En 1972, la película «Sleuth» («La huella»), dirigida por Joseph L. Mankiewicz, se convirtió en el primer filme en el que todos los actores acreditados fueron nominados a los Óscar. Es cierto que en aquella deliciosa aventura se presentaban ante nosotros Sir Laurence Olivier y Sir Michael Caine; casi nada. Y parte de la magia que conserva es que era cercana, casi teatral. Pues Netflix acaba de estrenar un largometraje protagonizado por cuatro actores que suman 13 de los premios más importantes de la industria audiovisual española. El estreno de «53 domingos», creada por Cesc Gay y protagonizada por Javier Cámara, Carmen Machi, Alexandra Jiménez y Javier Gutiérrez, triunfa porque se acerca; y viene a remover. La producción corre a cargo de Imposible Films, con Marta Esteban y Laia Bosch como productoras ejecutivas.
La trama nace de un sitio tan común, que llega. Una gran narradora, Carol (Jiménez), presenta al espectador la reunión de los hermanos de su pareja, Julián (Cámara), en su casa. La mediana es Natalia (Machi), supercatedrática reprimida y con un marido para hacérselo mirar; y el mayor, Víctor (Gutiérrez), que pilló una buena mujer rica y vive del cuento a la sombra de su suegro. Ya de antemano nos adelanta que la cosa va de peleas. El padre octogenario de los tres lleva dos «strikes» tras aparecer varado en Torrelodones y, además, se queja de que la bombilla del baño «hace chiribitas».
Pues ya tenemos la excusa para abrir unas anchoas y crear la tensión. Con la excusa de la reunión familiar, Gay retrata lo inenarrable. La posibilidad de perder la perspectiva de la realidad cuando uno se enfrenta a los que mejor le conocen: la familia. «53 domingos» es un ejercicio de inteligencia y de buen gusto. Es inteligente porque no alecciona, pero sí invita amablemente al espectador a participar de la vida a través de la pantalla. Algunas cosas son más fáciles de digerir o identificar si primero se pasan por el filtro de la ficción. Cuando pretenden sentarse a comer tranquilamente, un viernes o un sábado, todo se tuerce. Pero en el transcurso de las quedadas previas a dos bandas, se van fraguando alianzas al tiempo que se renuevan viejas rencillas. Julián es actor, con lo que eso significa muchas veces a ojos de los demás. Carol irá calentando el ambiente para que su pareja se encuentre en el punto justo de ebullición cuando llegue el momento. Natalia es responsable y contenida, pero un nuevo psicólogo y su consecuente terapia va a provocar un cambio sustancial en ella y ahora ya sí se enfada a veces. Y qué decir de Víctor, con chaleco, en calcetines o intentando ser amable. Su socarronería descarada es chirriante y convincente hasta la repulsa y no ha tenido otra idea más que encerrarse «53 domingos» y escribir una «novelita».
Todas estas ideas que parecen deslavazadas están hiladas con elegancia por Cesc Gay. Con muy buen gusto, el director ha sabido llevar a los actores hasta la normalidad más acusica. Todo espectador que se siente se sentirá como en casa y ahí es donde está la trampa. Una vez que te pones cómodo, ya sea con los intercambios verbales entre Carol y Julián, que son dignos de la mejor introducción posible; bien con los interrogatorios del pequeño a su cándida hermana; o con los hachazos de ida y vuelta entre hombres, «53 domingos» es una lucha sin cuartel de los hermanos entre sí y contra sí mismos. Y todo esto mientras vuelven una y otra vez al tema principal de la reunión, ya olvidado, de quién le cambia la bombilla a papá. Ya les advierto que cuando se sienten en cualquier silla o sillón de la casa de Julián, su vida cambiará.
El ejercicio teatral que hay detrás de esta película es otro de los detalles loables. Aunque la producción sale a respirar para introducirnos cada reunión, es en la intimidad del portal y a salvo, en la casa, donde realmente se desarrollan los temas importantes. Lo mismo sacando o metiendo las anchoas en la lata, rescatando el horroroso jarrón del fondo del armario, o teniendo conversaciones dentro del baño o a ambos lados de la puerta del mismo, pis mediante. Los cuatro actores, que aseguran haberse reído mucho durante las lecturas de guion en casa del director, han seguido disciplinados las exigencias de Cesc, que ha conseguido que parezcan casi improvisados diálogos medidos al milímetro. El autor usa los códigos más sencillos de los sainetes y los personajes entran o abandonan la escena casi entre diminutos saltitos. Se nota que todos ellos han disfrutado de poder «jugar», con toda la seriedad que eso implica.
«53 domingos» es juguetona, coqueta, sanadora, sabia y peligrosa. Hay algún que otro mensaje triste detrás de algunas partes; inevitables si tocamos la fibra familiar a ciertas edades. Además, puede que alguien necesite un segundo visionado porque buceará tanto en el conflicto que plantea la película, que cuando quiera salir a flote ya será tarde y el gran final se le vendrá encima. Es ligera para verla dos veces y muy disfrutona. De esas de sonrisa amplia, buena sensación en el cuerpo, pero un pequeño resquemor por la parte que nos toca a cada uno. Que lo hace; nos toca. Nos recuerda el poco tiempo que pasamos en esta vida y que muchas veces perdemos mucho tiempo en tonterías. Mucho más de «53 domingos». Seguro que después de terminar de verla más de uno hace una visita, devuelve una llamada perdida (o 20) y hace lo posible por cambiar esa maldita bombilla, que nunca ha sido el tema importante.
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